martes, 7 de julio de 2015

La jefa de la diplomacia sueca que desprecia el petróleo de Arabia Saudíta



A la ministra Margot Wallström no le gustan las medias tintas. Es una mujer de principios, que no se muerde la lengua. Poco le importa haber provocado una grave crisis diplomática con Arabia Saudí

A la ministra de Exteriores de Suecia, Margot Wallström, no le gustan las medias tintas. Es una mujer de principios, que no se muerde la lengua. Menos aún, cuando se trata de defender valores tan importantes como la democracia, los derechos humanos o la igualdad de la mujer. Y en los nueve meses escasos que lleva en el cargo, no le han faltado ocasiones para demostrarlo. Un tiempo récord en el que ya ha conseguido enfurecer a países tan distintos comoRusia, Israel y, más recientemente, Arabia Saudí.

Pero, a pesar de las críticas, Wallström no se retracta. Al contrario: sigue en sus trece. Prueba de ello son las palabras con las que recientemente volvía a arremeter contra el régimen de Riad, después de que éste ratificara lacondena a 1.000 latigazos y 10 años de prisión al bloguero Raif Badawi. Una dura e incomprensible pena impuesta a un ciudadano por el mero hecho de expresar ideas contrarias al islam.

"Es un castigo medieval que no tiene cabida en una sociedad que permita la libertad de prensa y en la que las personas puedan expresar sus ideas", señalaba sin tapujos la ministra socialdemócrata, a quien parece importarle bien poco que, sólo cuatro meses atrás, unas declaraciones suyas muy similares provocaran una grave crisis diplomática entre Suecia y Arabia Saudí. Probablemente, la peor sufrida por el país escandinavo en las últimas décadas.

Pero Wallström no se arrepiente de nada. Le trae sin cuidado que el país árabe sea el primer exportador de petróleo del mundo y uno de los actores más influyentes de la región. Si volviera para atrás, “no habría hecho las cosas de manera diferente”, aseguraba hace días en una entrevista con el diario británico The Guardian.

La "medieval" potencia petrolera

Una muestra de ello está en su insistencia en utilizar la palabra “medieval”, el mismo calificativo al que recurrió el pasado mes de febrero y que tanto enojó a Riad. Sus denuncias contra la subyugación de la mujer, la falta de democracia o la violación sistemática de derechos fundamentales por parte de la gran potencia petrolera acabaron de poner la guinda.


La reacción de este país fue contundente. Más allá de vetar una importante intervención de la ministra sueca ante la Liga Árabe, retiró a su embajador en Estocolmo y congeló la emisión de visados de negocios a los empresarios suecos. Una afrenta a la que el país nórdico respondió con la suspensión de un suculento y polémico acuerdo de cooperación militar entre ambos países.

La crisis cayó como un jarro de agua fría sobre el Gobierno escandinavo, justo en un momento en el que se disponía a explotar la buena prensa que acababa de adquirir en el mundo árabe. No hacía mucho, en octubre, Suecia había sentado un importante precedente al convertirse en el primer miembro de la UE en reconocer al Estado de Palestina.

Lo cierto es que a la titular de Exteriores le llovieron los reproches en casa, especialmente entre los empresarios, que la acusaron de poner en peligro los intereses de su país en Oriente Medio. Gracias a los esfuerzos diplomáticos del primer ministro, Stefan Löfven, y del rey Carlos Gustavo XVI, las relaciones con el reino saudí volvieron finalmente a la normalidad. Wallström, sin embargo, evitó en todo momento pedir directamente disculpas, limitándose a lamentar el episodio y describirlo como un “malentendido”.

Ahora, la reincidencia de sus palabras pone todavía más de manifiesto que nada ni nadie la desviará de sus principios. Al contrario, asegura que su clara toma de posición ha ayudado a realzar el verdadero propósito de su mandato. “Casi nunca en mi carrera política he experimentado un apoyo tan grande en todo el mundo”, asegura, criticando a quienes dicen defender la democracia y los derechos humanos pero luego no están dispuestos a pagar ningún precio por ello.

Su audacia y coherencia traen a la memoria al mítico Olof Palme, el premier socialdemócrata que rompió moldes allá por los años 70 al atreverse a criticar a Estados Unidos por la Guerra de Vietnam, denunciar el apartheid o defender la autodeterminación de Palestina. Asesinado en 1986 en plena calle cuando salía del cine junto a su esposa, su muerte sigue alimentando hoy todo tipo de teorías conspirativas. Un trágico fin, sin embargo, que también añade un plus de simbolismo a su figura, convirtiéndola en una importante fuente de inspiración para quienes buscan imitar su ejemplo.

Antigua comisaria europea de Medio Ambiente y representante especial de la ONU sobre violencia sexual en conflictos, Wallström estrenó su nuevo cargo en septiembre, comprometiéndose a llevar a cabo “una política de exteriores feminista”. Más allá de levantar aristas en el mundo árabe, la paradoja es quetambién ha conseguido desairar a Israel, donde no sentó nada bien su inesperada decisión de reconocer al Estado de Palestina. A Vladimir Putin, por su parte, tampoco le gustó que la sueca describiera a Rusia como un “reino de terror”.

Demasiada claridad en poco tiempo, argumentan algunos, asegurando que, tarde o temprano, los atrevimientos de la ministra acabarán perjudicando a Suecia. Irónicamente, dicen, sus firmes tomas de posición podrían acabar minando las ambiciones del país nórdico, que el año que viene aspira a entrar en el Consejo de Seguridad de la ONU. Si no lo consigue, Wallström habrá perdido una auténtica oportunidad para tratar de cambiar las cosas.

Otros, en cambio, ven en su actitud una fortaleza, pues hace que la imagen de Suecia en el exterior sea la de un país íntegro, enemigo de la doble moral, que cuando habla de derechos humanos no lo hace sólo con palabras, sino también con actos. Dos lecturas opuestas de una estrategia clara, radical, con la que sólo el tiempo dirá si Suecia consigue extender su buena influencia.

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