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miércoles, 30 de marzo de 2016

PAPÚA OCCIDENTAL: ACTIVIDADES MINERAS BAJO UNA OCUPACIÓN OLVIDADA POR EL MUNDO

Es una región rica en recursos naturales y la principal fuente de ingresos fiscales para el cuarto país más poblado del mundo. Asimismo, bajo un gobierno militar de facto, es un lugar donde se encarcela, tortura, desaparece y asesina a numerosos activistas.

Entonces, ¿por qué el mundo no sabe más de Papúa Occidental?

Simplemente porque la región más oriental y agitada de Indonesia alberga “uno de los conflictos armados del mundo menos cubiertos por los medios de comunicación”, explicó Bob Dietz, director para Asia y el Pacífico del Comité para la Protección de los Periodistas (CPJ), sobre el conflicto en cuestión, que ya dura más de 50 años.

No existen cifras oficiales, pero según los cálculos, el número de papúes asesinados por las autoridades indonesias asciende a entre100.000 y 500.000 personas.

Las cuatro décadas de graves restricciones a los medios de comunicación y organizaciones de derechos humanos para que accedan a Papúa Occidental han tenido como resultado un bloqueo mediático casi total.

Vinculada a esta situación se encuentra una multinacional minera con sede en Estados Unidos, Freeport-McMoRan. Aunque su sede en Phoenix (EE.UU.) está a casi 15.000 kilómetros de distancia de Yakarta, la capital indonesia, se trata del mayor contribuyente del Estado asiático.

En 2014, Freeport aportó la asombrosa suma de 1.500 millones USD a las arcas del Estado indonesio.

Como cabe esperar, un enorme porcentaje de sus ingresos depende de sus actividades en Papúa, lo cual tiene amplias repercusiones.

“Para operar, Freeport necesita un fuerte apoyo del gobierno en materia de seguridad”, afirmó Andreas Harsono, investigador indonesio para la ONG Human Rights Watch.

“En regiones aisladas como Papúa, esto significa que en sus explotaciones mineras hay menos controles y potencialmente más violaciones de derechos”.

De hecho, la policía y el ejército de Indonesia se encargan de ‘mantener el orden’ para que se puedan extraer el cobre y el oro de manera segura y los ingresos fiscales puedan fluir hacia Yakarta.

La enorme mina Grasberg de Freeport (una de las mayores minas a cielo abierto del mundo, con una participación minoritaria de la multinacional minera Rio Tinto) está básicamente cerrada a las visitas procedentes del exterior.

“Suelo bromear con el asunto. Incluso si Jesucristo quisiera visitar Papúa [Occidental], no creo que consiguiese un permiso”, declaró Harsono, tras hacer hincapié en que para obtener un permiso hacen falta las firmas de 18 ministerios y agencias de seguridad diferentes, lo cual resulta una tarea imposible.

“Cualquier burocracia que exija tantas firmas para conseguir un permiso refleja que debe estar sucediendo algo terrible en la zona a la que se pretende acceder”.

Un largo historial de opresión

Papúa Occidental (conocida por la administración de Yakarta simplemente como Papúa) está formada por la mitad occidental de la isla de Nueva Guinea (la mitad oriental es la nación independiente de Papúa Nueva Guinea). Desde hace tiempo, constituye la joya de la corona de las ambiciosas potencias mundiales.

En diferentes épocas ha estado bajo control de Alemania, los Países Bajos y Australia, antes de ser anexionada por Indonesia en 1969 en unas elecciones organizadas por el ejército en las que alrededor de 1.000 representantes elegidos a dedo fueron obligados a votar a favor de la anexión.

A partir de entonces, Papúa Occidental fue gobernada con mano dura durante la época del ‘Nuevo Orden’ del general Suharto.

“Suharto fue un dictador brutal que trató a los papúes como a animales de una forma salvaje y ordenó numerosas masacres y bombardeos en Papúa Occidental”, explicó a Equal Times Benny Wenda, líder de la campaña por la Libertad de Papúa Occidental.

Dichos ataques tenían como objetivo principalmente destruir las aspiraciones independentistas de la región y obligar a sus habitantes a convertirse en indonesios.

Wenda vive actualmente en el exilio, en Reino Unido. Viaja por todo el mundo para dar a conocer las brutales atrocidades que Indonesia ha cometido contra su pueblo.

Él lo vivió en carne propia cuando, siendo un niño, el ejército indonesio bombardeó su pueblo y asesinó a numerosos miembros de su familia.

Los recursos naturales han desempeñado un papel fundamental en la trayectoria de la historia papú.

Tan solo cuatro años después de la anexión llegó Freeport, lo cual marcó el comienzo de una larga relación que ha demostrado ser muy próspera para la empresa, el gobierno indonesio y para pocos más.

Mientras tanto, el pueblo de Papúa Occidental ha soportado grandes penurias y sufrimientos.

La esperanza renació con el desplome de la dictadura de Suharto en 1998. Ese año se celebraron elecciones libres en el archipiélago e incluso un referéndum de independencia en Timor Oriental, que también había sido invadido y anexionado a Indonesia en 1975 y se enfrentó a una opresión igual de sangrienta.

Sin embargo, para Papúa Occidental resultaron ser falsas esperanzas.

“Parecía que el referéndum de independencia era inminente, pero el nuevo gobierno indonesio se asustó mucho por la perspectiva de perder Papúa Occidental”, se lamentó Wenda.

“Por tanto, [el líder independentista de Papúa] Theys Eluay fue asesinado por las autoridades indonesias y a partir de entonces la situación en Papúa Occidental no ha hecho más que empeorar. Desde entonces, ningún gobierno indonesio ha intentado realmente ayudarnos con los derechos humanos ni la autodeterminación”.

Sin embargo, lo que sí ha cambiado ha sido la inversión aún mayor en el desarrollo de los recursos y el flujo continuo de migrantes procedentes de Java y Sumatra (las dos islas más pobladas de Indonesia) para gestionar dicho desarrollo.

“La migración interna indonesia o transmigrasi está a punto de convertir a los papúes en una minoría en su propia tierra natal”, nos explicó Dietz.

De una población total de 3,5 millones, tan solo alrededor de la mitad pertenece a uno de los cientos de grupos étnicos melanesios papúes. El resto de la población tiene sus orígenes en los migrantes javaneses, sondaneses, malayos y madureses, la mayoría de los cuales llegaron a partir de 1969.

Además, Indonesia tiene planes para seguir explotando Papúa mediante la expansión de las plantaciones de aceite de palma en tierras forestales tradicionales y el aumento de los ingresos minerosconstruyendo fundiciones y otras instalaciones industriales a lo largo de la costa.

“Me preocupa cómo usa el gobierno [todo este] dinero recaudado de los impuestos”, declaró Eric Samudra, un investigador sobre temas de gobernanza con sede en Yakarta. “¿Se está usando para beneficiar al pueblo, especialmente a los papúes? Obviamente, la respuesta es no”.

Público apático

A pesar de que en diciembre salió a la luz pública que la policía había matado a cuatro manifestantes, muchos indonesios siguen guardando silencio acerca de la ocupación de una minoría por parte de su gobierno. Dicha minoría es principalmente no musulmana y sus miembros lideran una insurgencia de bajo nivel para lograr la libertad y la justicia.

“El problema es que la mayoría de la gente decide no hacer nada al respecto, mientras otros creen que no se puede hacer nada”, se lamentó Samudra.

Sin embargo, recientes documentales como El acto de matar, nominado para los premios Óscar, están enfrentando poco a poco a los indonesios al turbulento pasado de su país, que incluye la sangrienta represión de su incipiente Partido Comunista en la década de 1960.

John M. Miller, coordinador nacional de la Red de Acción para Indonesia y Timor Oriental, publica mensualmente una actualización sobre la situación en Papúa Occidental y opina que aunque la conciencia pública está aumentando, todavía queda un largo camino antes de que se pueda dar un cambio real.

“El silencio se está empezando a romper, pero todavía no hay una amplia comprensión del asunto”.

El presidente Joko “Jokowi” Widodo prometió otorgar un mayor desarrollo y autonomía a las islas periféricas de Indonesia. Los asesinatos de diciembre colocaron a Papúa en el primer plano de los esfuerzos de su administración.

Sin embargo, todavía persisten interrogantes sobre si realmente podrá cambiar la situación en la zona.

“Creemos que el presidente Jokowi quiere cambiar las cosas en Papúa y ya ha tomado algunas medidas al respecto”, aseguró Harsono, tras hacer hincapié en que el presidente prometió visitar la región con frecuencia y escuchar a sus habitantes para que le transmitan sus inquietudes.

“Sin embargo, trasladar la seguridad y la burocracia civil a Papúa [Occidental] no resulta una tarea fácil”.

Esa es una de las razones por las que numerosos activistas papúes, incluido Wenda, están cansados de las palabras vacías y quieren un referéndum.

“Creemos que no puede haber otra solución que la independencia total de Papúa Occidental”.

En la práctica, la política del gobierno parece estar yendo en sentido contrario.

Un ejemplo: la fundición recientemente anunciada, que será gestionada por Freeport y un socio indonesio, se construirá en tierras tradicionales de la etnia kamoro en la costa del mar de Arafura, al sur de las operaciones mineras de Freeport ya existentes en la región.

La fundición se negoció directamente entre el gobierno indonesio y Freeport, sin que los habitantes locales pudieran decidir ni se les consultara en ningún caso.

Evidentemente, los habitantes de la zona se oponen a la fundición, pues temen que contamine aún más sus tierras y destruya su modo tradicional de vida. Si los planes avanzan, es muy probable que surjan tensiones.

Dominikus Mitoro, presidente interino del órgano consultivo del consejo de líderes indígenas kamoros, declaró públicamente que “Freeport o cualquier otro inversor se enfrentará a infinitos problemas” y que “ningún negocio funcionará sin trabas hasta que abandone [nuestras tierras]".

Según los activistas, ahora más que nunca el acceso de los medios de comunicación a Papúa Occidental es crucial para llamar la atención del mundo sobre la fundición prevista y para hacer entender al planeta la verdadera situación de los derechos humanos en la región y el papel que desempeña Freeport en todo ello.

Sin embargo, por ahora parece poco probable que los medios de comunicación puedan acceder a la zona.

“Los líderes de Indonesia parecen decididos a no perder otra zona de su extenso archipiélago dejando que molestos periodistas, tanto nacionales como extranjeros, saquen a la luz lo que está ocurriendo en Papúa”, concluyó Dietz.

sábado, 12 de marzo de 2016

Papúa Occidental: El oro manchado con sangre indígena



“Hay una crisis humanitaria muy grave en Papúa Occidental. Miles de civiles incluyendo mujeres y niños se han refugiado en la selva huyendo de los militares de Indonesia. Organizaciones humanitarias, observadores por los derechos humanos internacionales y periodistas tienen prohibido el acceso a la región. Lo que pasa allí es un genocidio..

..por favor, haced lo posible para ayudarnos antes de que sea demasiado tarde. Necesitamos urgentemente las fuerzas de la Paz de la ONU y que los responsables de estos crímenes horrorosos sean llevados ante los tribunales. Nosotros somos seres humanos y sólo pedimos los mismos derechos que vosotros, para vivir en paz, sin miedo a la detención, el asesinato, la intimidación, la tortura o la violación”.
Carta abierta de Benny Wenda, líder de la OPM (movimiento unido para la liberación de Papúa Occidental). Londres, 2010.

Poca gente ha oído hablar de Nueva Guinea Occidental. La parte oeste de la isla de Nueva Guinea, en Indonesia. Dividida en dos provincias: Papúa y Papúa Occidental. La segunda isla más grande del mundo con 420.540 km2. La mayoría de ellos, llenos de selva virgen y playas con las aguas cristalinas.




Un paraíso terrenal donde la gente muere a diario. Ya van más de cincuenta años de ocupación militar por parte de Indonesia, desde que Holanda le regalara a esta su ex provincia, en 1965, con la bendición de Estados Unidos y la ONU. A partir de entonces, el gobierno de Yakarta ha convertido la isla en un auténtico infierno para la comunidad indígena. Medio siglo aguantando asesinatos, torturas, violaciones, detenciones ilegales y represión. Así lo llevan denunciando desde hace mucho tiempo, distintas organizaciones internacionales como Survival, el movimiento global por los derechos de los pueblos indígenas y tribales, que cuantifica en cien mil, el número de asesinatos desde que se inició este sangriento conflicto.

El gobierno de Yakarta ha prohibido la entrada al país a los periodistas y a las organizaciones humanitarias. Mantiene un estricto control de la información en toda la zona. En octubre de 2014, los periodistas franceses Thomas Dandois y Valentine Bourrat fueron detenidos mientras intentaban grabar un documental sobre la mina de Grasberg. El yacimiento de oro y cobre más grande del mundo y la fuente de todos los problemas de los papúes.

El nuevo presidente indonesio, Joko Widodo, investido en octubre pasado y cuya primera medida fue autorizar la liberación de los dos periodistas franceses, librándolos de una multa de 32.000 euros y una condena de cinco años de cárcel, ha prometido una política aperturista, asegurando que va a terminar con las atrocidades y el uso de la fuerza. Pero la realidad que vive la población es muy distinta. ¿Liberar a los periodistas es un símbolo aperturista? Lo sería si el guía que los acompañaba no estuviera aún, condenado a cadena perpetua. Más bien resulta promoción política encarada a la comunidad internacional con un coste ridículo. Una muy buena jugada al despiste.

Survival denunciaba en enero como cientos de indígenas papúes eran obligados por las autoridades locales a abandonar sus hogares y forzados a vivir en la selva. Los que se negaban a ello, eran detenidos y tratados como animales. Unas fotos publicadas en su página web dan fe de ello:



En diciembre pasado, cinco adolescentes papúes fueron asesinados a tiros por las fuerzas de seguridad indonesias durante el transcurso de una manifestación organizada por los partidos políticos independentistas de la región. Sus nombres: Simon Degei y Otianus Gobai de dieciocho años, Alfius Youw, Yulian Yeimo y Abia Gobay de diecisiete. Aparte, más de veinte niños resultaron gravemente heridos. Las declaraciones del reverendo Neles Tebay, de la organización Papua Peace Network, y que se encontraba en el lugar de los hechos, dejaban muy clara la situación. Estas fueron sus palabras:

“Se ha disparado y asesinado a civiles sin ninguna razón. Estas acciones muestran que el personal de seguridad ha dispensado un trato a los residentes, no como ciudadanos, sino como enemigos que deben ser eliminados”.

Queda demostrado que la política aperturista del nuevo presidente brilla por su ausencia y que la policía sabe que goza de total impunidad. Y esa es la única verdad. El ejército indonesio lleva años maltratando a la población indígena, negando el genocidio y censurando la información que reciben los medios internacionales. Podríamos encontrar multitud de ejemplos.

El Tribunal de los pueblos de Australia es una institución forense creada en 2013 para intentar esclarecer la sanguinaria masacre que tuvo lugar en la isla papú de Biak, durante el transcurso de una manifestación pacífica por la independencia de Papúa, en 1998. Según concluyeron sus expertos:

“Un gran número de hombres, mujeres y niños fueron asesinados, torturados y mutilados. Algunas mujeres y niñas también fueron violadas y mutiladas genitalmente. Entre los detenidos también hubo muertes como resultado de las acciones de las fuerzas militares y el ejército”.

Filip Karma, líder de esa manifestación, fue condenado en 2004 a quince años de cárcel por mostrar en público la bandera independentista. En la actualidad, sigue en prisión y se ha convertido en un símbolo de la represión y la lucha de los papúes. Todo lo que intenta encender el mínimo destello de revuelta es reprimido y escondido por el gobierno de Yakarta.

Recientemente, los servicios secretos indonesios han sido acusados por Octavianus Mote, ex director del kompas -uno de los diarios papúes más importantes- de haber asesinado a John Wamu Haluk, un influente y rico empresario que financiaba gran parte del movimiento independentista. En un artículo de la revista Le Monde Diplomatique del pasado mes de febrero, decía estar seguro de la responsabilidad del gobierno indonesio respecto a su muerte. Reivindicaba que a partir de ahora su misión, que consiste en viajar y enseñar al mundo la dramática situación de Papúa, va a resultar mucho más difícil.

La cultura de Papúa Occidental es una de las más ricas de todo el planeta. En toda la isla de Nueva Guinea podemos encontrar más de trescientas tribus con su propio idioma. Hay que recordar que los papúes provienen de la Melanesia y no tienen nada que ver con el mundo árabe. Su anexión a Indonesia no tiene ningún sentido desde el punto de vista cultural, sociológico o antropológico. Son culturas totalmente distintas. 

Desde 1965 hasta nuestros días, tres grandes partidos han luchado contra la ocupación, por los derechos de los indígenas y para preservar la cultura papú: La Coalición Nacional por la Liberación de Papúa Occidental; el Comité Nacional de Papúa Occidental; y la República federal de Papúa Occidental. El seis de diciembre de 2014 se firmó un manifiesto de unión por primera vez entre estos tres partidos. Fue un acuerdo histórico que dio pie al Movimiento Unido por la Liberación de Papúa Occidental. La prudencia y el miedo a la represión por parte de Indonesia se podían palpar en el ambiente. Queda mucho camino por hacer declaraban los líderes papúes al terminar la reunión.
La mina de Grasberg. Fuente de sangre y esclavitud para los papúes


La mina Grasberg es la mayor mina de oro y la tercera mina de cobre más grande de todo el planeta. Aparte, esta región de la melanesia tiene varios yacimientos de plata y níquel. Este ha sido el origen histórico del genocidio indígena papú. Desde que Indonesia se apropió de la parte occidental de Nueva Guinea, en 1965, los papúes llevan sufriendo durante más de cincuenta años, las consecuencias de una geopolítica basada en el pillaje de sus recursos naturales y la destrucción de su cultura nacional. La región fue colonizada por Holanda en 1828 y regalada a Indonesia el 1 de mayo de 1963. Setecientos mil papúes fueron condenados a vivir bajo la dictadura militar del general Soeharto, con el beneplácito de las Naciones Unidas y del gobierno norteamericano.

En 1969 se hizo un referéndum para decidir si finalmente Papúa se anexionaba a Indonesia. Sólo votaron mil líderes locales en representación de toda la sociedad papú. La policía les amenazó de muerte en caso de que votaran que no. Resultó todo una gran farsa. Ganó el si a la anexión de forma contundente.

Desde entonces, Papúa Occidental es un país que no tiene derecho a tener derechos. Estados Unidos y sus aliados occidentales dieron carta blanca a las masacres de los papúes a cambio de obtener licencias de extracción de minerales y de la unión geoestratégica con Yakarta, primero durante la guerra fría y después durante la guerra del Vietnam. No hay que olvidar que Indonesia es el país del mundo con más musulmanes, unos ciento sesenta millones y, en ese momento, a nadie en occidente le interesaba un giro de los indonesios hacia la URRS y los regímenes comunistas.

Pocos años después de este fraudulento referéndum le fue concedida la licencia de extracción de minerales a la empresa estadounidense Freeport-McMoRoan Cooper & Gold Inc. y su filial en Indonesia, Indonesian PT-Freeport. Actualmente esta empresa sigue teniendo en su poder más del 90% de las acciones de la mina. Extrae 600.000 toneladas de cobre anuales y 60.000 de oro aproximadamente. Para poder hacerlo, arrasa toda la masa selvática y forestal que le conviene destrozando por completo los ecosistemas locales.

En el año 2011, según un reportaje de la cadena británica BBC, los 19.500 trabajadores de la mina hicieron una huelga exigiendo cobrar un dólar y medio al día. Las condiciones laborales de los mineros rozan la esclavitud.

Es injusto que un país que goza de una fuente de recursos naturales y minerales tan potentes como Papúa Occidental se vea sometido por la voluntad de unos países extranjeros que priorizan sus propios intereses económicos y geopolíticos por encima del bienestar de las personas. Se aprovechan de su situación y apoyan a una dictadura que pretende exterminarlos. Se calcula que, en 2030, sólo un 15% de la población será papú frente al 97% del año 1971. Esperemos que la situación se reinvierta, sería una lástima y una catástrofe cultural para Oceanía.

miércoles, 19 de agosto de 2015

Disputas tribales causan estragos en Papúa Nueva Guinea

GOROKA, Papúa New Guinea, 18 ago 2015 (IPS) Cimientos carbonizados son todo lo que queda de las viviendas de la aldea de Kenemote, en la montañosa provincia de Tierras Altas Orientales, en Papúa Nueva Guinea, tras un enfrentamiento entre clanes que dejó nueve personas muertas, entre ellas un niño pequeño.

Desde hace cuatro meses y medio, las disputas entre cuatro clanes de la tribu kintex, armados con armas de guerra, además de arcos y flechas, sacuden la zona. A principios de abril, uno de ellos acusó a otro de usar veneno o brujería para sembrar la muerte en su comunidad.

Las mujeres y los menores están traumatizados.

El clan victorioso se asentó en las ruinas de la aldea, mientras los otros tres, que constituyen tres cuartas partes de los 1.500 residentes de Kenemote, huyeron y están dispersos en otros asentamientos vecinos.

Desde hace dos años, el Comité Internacional de la Cruz Roja destina enormes recursos para ayudar a las víctimas de enfrentamientos entre clanes en por lo menos cuatro de los ocho distritos de la provincia, ofreciéndoles refugios temporarios, atención médica, agua y alimentos.

En una provincia con unos 579.000 habitantes, la policía local dice que tiene que lidiar con unos 30 conflictos distintos.

Mujeres, niñas y niños viven con miedo, inseguridad y falta de alimentos desde que comenzó un enfrentamiento entre clanes en abril de 2015 en la aldea de Kenemote, en la provincia de las Tierras Altas Orientales en Papúa Nueva Guiena. Crédito: Catherine Wilson/IPS.

Disputas ancestrales con nuevos desafíos

El número de víctimas y el sufrimiento por los enfrentamientos tribales escaló en los últimos 20 a 30 años por el acceso a armas de guerra. El tráfico hace que los pobladores locales tengan rifles como M-16 o AK-47 y granadas.

La población arguye que necesita ese tipo de armas por su seguridad personal y la de sus negocios y comunidades debido a la ausencia del Estado, en especial las fuerzas de seguridad, en las zonas rurales, donde vive más de 80 por ciento de los 7,3 millones de habitantes de este país del sur del océano Pacífico.

Pero las armas también se volvieron un símbolo de estatus y de poder para los hombres, adultos y jóvenes.

Las consecuencias son cada vez más trágicas, relató Robin Kukuni, de la Cruz Roja de las Tierras Altas Orientales, porque la mayoría de los aldeanos “no tienen ninguna capacitación en el manejo de armas de fuego, por lo que disparan de forma indiscriminada y mueren muchas mujeres y niños”.

Los combates entre clanes siempre existieron en Papúa Nueva Guinea, cuyos habitantes pertenecen a 1.000 grupos étnicos y lingüísticos distintos.

El Estado de Papúa Nueva Guinea se creó hace 40 años y la mayoría de la ciudadanía todavía se rige por normas tradicionales para resolver disputas, en especial en las comunidades rurales.

Pero nuevos ingredientes, como los beneficios y las compensaciones vinculadas a proyectos de extracción de recursos, hicieron que en los enfrentamientos dejarán de respetarse reglas como la prohibición de violar a mujeres y niños.

Ahora se usan tácticas de guerrilla que generan atrocidades y fomentan abusos.

El Centro de Monitoreo de Desplazados Internos estima que hay 22.500 personas en esa situación en Papúa Nueva Guinea, debido a conflictos tribales y desastres naturales.

miércoles, 27 de mayo de 2015

BOUGAINVILLE, EL ÚLTIMO CAMPO DE BATALLA DEL PACÍFICO

Mapa de la isla de Bougainville, perteneciente a Papúa Nueva Guinea
Bougainville es la isla de mayor tamaño del archipiélago de Salomón (más grande que Chipre o Córcega) y, sin embargo, no forma parte de este país. Separada de su “país natural” por caprichos del colonialismo europeo, hace dos décadas la isla se convirtió en un campo de batalla entre independentistas y las fuerzas de Nueva Guinea, aunque en los últimos años la situación se ha normalizado lo suficiente como para no temer otro conflicto armado, pese a que existe aún un gran número de personas armadas. La llamada “Guerra de los Cocos” ha sido el mayor de los conflictos que ha teñido de sangre el mar de Oceanía desde la Segunda Guerra Mundial.

Breve historia de Bougainville

Nombrada así por el navegante francés Louis Antoine de Bougainville, no fue ocupada ni por franceses ni por ingleses sino por alemanes. Aunque Bismarck no tuviera el más mínimo interés en la expansión colonial, lo cierto es que muchos eran los que querían que el Segundo Reich entrara en el tablero global mediante la colonización de nuevos y lejanos territorios. Dos sociedades, la Kolonialverein y la Sociedad Germana para la Colonización, impulsaron esta campaña, la cual, en pocos años, atrajo suficientes adeptos como para crear colonias alemanas en el Pacífico Sur. Otto Finsch, explorador germano y el banquero Adolph von Hansemann, fueron los que desarrollaron la Compañía Alemana de Nueva Guinea. En 1884, la bandera del Reich ondeaba en Kaiser Willhelmsland (noreste de la isla de Nueva Guinea), el archipiélago Bismarck y en una parte de las Islas Salomón, entre ellas, Bougainville. Diez años más tarde, por una serie de tratados, las Islas Salomón fueron transferidas al Imperio Británico mientras que la isla de Bougainville y la de Buka permanecieron bajo control alemán.
Tropas alemanas entrenando nativos en Nueva Guinea
Tropas alemanas entrenando nativos en Nueva Guinea
Con la Primera Guerra Mundial, la situación en el Pacífico Sur se tensó. El resto de la parte occidental de la isla de Nueva Guinea estaba bajo administración holandesa mientras que la suroriental lo estaba bajo la australiana, y por ende, ligada a la Commonwealth y al rey británico mientras que la porción noreste y las diferentes islas a su alrededor estaban bajo control del Káiser.

miércoles, 10 de diciembre de 2014

UNA REVOLUCIÓN INCREIBLE QUE TE HAN OCULTADO Y QUE DEBES CONOCER

Esta es una historia realmente inspiradora.
Se trata de una revolución que todo el mundo debería conocer y de la que muy poca gente ha oído hablar.
Una lucha de la que, sospechosamente, los medios de comunicación apenas se han hecho eco.
Estamos hablando de la Revolución de Bougainville, también conocida como la Revolución del Coco, la que podríamos considerar la primera revolución exitosa de carácter ecológico del mundo.
Curiosamente no se trata de una historia antigua, pues se inició hace apenas 25 años y aún siguen escuchándose sus ecos en la actualidad.
La crónica de esta lucha es un ejemplo de superación, dignidad y fe inquebrantable en las propias convicciones.
Una lección para todos nosotros, de la que todos deberíamos aprender y que en el fondo a todos debería avergonzarnos.
Es la historia de una pulga que ha derrotado a un gigante y que nos ha demostrado que todo es posible, mientras nosotros, una panda de conformistas, fofos y obesos, incrustados en el sofá e inmersos en un coro de patéticos lamentos, somos incapaces de levantar ni un solo dedo contra aquellos que nos oprimen, nos maltratan y nos roban.