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viernes, 29 de marzo de 2019

La perversidad y nefasta huella histórica del fascismo

Un siglo después de su fundación el 23 de marzo de 2019 por el dictador Benito Mussolini en la ciudad de Milán, el fascismo es repudiado hoy en todo el mundo por su perversidad y nefasta huella histórica.

La sede del Círculo de la Alianza Industrial, ubicada en la milanesa Plaza de San Sepolcro, fue el lugar donde Mussolini anunció la creación de los 'Fasci Italiani di Combatimento' (Fic), nombre con el cual denominó a su nuevo movimiento político, devenido Partido Nacional Fascista, en 1921.

Mussolini presentó la nueva agrupación como una alternativa a la partidocracia y el sistema político imperante hasta entonces, a cuyos exponentes acusaba de traicionar los intereses nacionales y provocar la humillación del país como resultado de la I Guerra Mundial.

Una de las banderas y, al mismo tiempo, sostén principal del movimiento fue el concepto de la 'victoria mutilada', bastante extendido entre ciertos sectores de la población para referirse a la supuesta escasa compensación territorial recibida por Italia, en comparación con su contribución a la contienda bélica.

El proyecto político de vocación autoritaria y nacionalista impulsado por Mussolini, tuvo una base social heterogénea, con la violencia y la coacción como métodos de acción política, en un contexto histórico complejo hasta construir un consenso nacional centrado en la idolatría y obediencia al 'Duce'.

Contrario a los postulados de avanzada recogidos en su programa inicial, el fascismo se convirtió en el instrumento de las clases dominantes para detener el avance de las luchas obreras y campesinas, las cuales tuvieron su período de mayor auge entre 1919 y 1920, durante el llamado 'bienio rojo'.

Esa fue una etapa caracterizada por la intensidad de la agitación política y laboral motivada por el impacto social de la severa crisis económica de la posguerra, aunque su gestación comenzó en pleno fragor de la contienda.

Socialistas y comunistas fueron los blancos principales de los ataques de Mussolini, quien el 28 de octubre de 1922 encabezó la Marcha sobre Roma, movilización armada de unas 25 mil 'camisas negras' cuyo objetivo principal era presionar al entonces rey Vittorio Emanuele III, para acceder al gobierno.

Con la anuencia del monarca asumió las riendas del régimen que encabezó a partir del 31 de octubre de 1922 y durante el cual aplastó a sus oponentes, hasta alcanzar el control absoluto sobre el sistema político nacional en la segunda mitad de la década de 1930.

En esa etapa dictó y aplicó, a partir de 1938, las llamadas leyes raciales, conjunto de normas dirigidas a preservar la 'raza italiana' considerada por el fascismo de 'origen aria', en su mayoría, para lo cual se desató la represión y persecución de la población de origen judío.

Una de las víctimas de aquel período fue la actual senadora vitalicia Liliana Segre, quien sufrió el hostigamiento nazi-fascista desde la edad de ocho años por sus orígenes judíos, cuando fue expulsada de la escuela primaria y deportada al campo de concentración de Auschwitz, donde perdió a su padre.

Tatuada con el número 75190 al ingresar en el campo de exterminio, la niña de 13 años fue sometida a todo tipo de ultrajes y trabajos forzados en una fábrica de municiones propiedad de la empresa Siemens, pero finalmente logró sobrevivir.

Tras apoyar el alzamiento militar encabezado por Francisco Franco contra la República española, el dictador se unió en 1939 a la aventura bélica de la Alemania nazi, a través del Pacto de Amistad y Alianza suscrito entre los ministros del exterior de ambos países y en 1940 declaró la guerra a Gran Bretaña y Francia.

Con poca preparación y sin recursos para enfrentar varios escenarios simultáneos de guerra fuera de las fronteras italianas, Mussolini decidió imitar a sus aliados nazis con incursiones en la exYugoslavia, Albania, Grecia y África, norte y subsahariana, pero sin éxito.

El gobierno instalado el 31 de octubre 1922 duró hasta el 25 de julio de 1943, cuando Mussolini fue obligado a renunciar por decisión mayoritaria del Gran Consejo del Fascismo, tras lo cual se produjo su arresto.

Rescatado por tropas alemanas en el macizo montañoso del Gran Sasso, el dictador acordó con Adolfo Hitler la creación de la República Social Italiana, instaurada el 28 de septiembre de ese mismo año, con sede en la norteña localidad lombarda de Saló.

Carente de respaldo institucional y hostigada por la resistencia antifascista, el estado controlado por la ocupación militar germana de la mitad septentrional de la península, existió hasta la derrota del eje nazi-fascista el 25 abril de 1945, efeméride recordada cada año por los italianos como el Día de la Liberación.

jueves, 21 de marzo de 2019

¿Por qué se impone la ultraderecha?


En los últimos años, las tendencias políticas dominantes en el mundo se han venido inclinando hacia la derecha, perjudicando aún más a sus poblaciones.
Por supuesto que hay luchas de clase, pero es mi clase, la clase rica, la que está haciendo la guerra, y la estamos ganando.
Warren Buffett, multimillonario estadounidense
Con suma preocupación puede verse como, en estos últimos años, las tendencias políticas dominantes se han venido inclinando poderosamente hacia la derecha en todo el mundo. El fenómeno parece instalado con mucha fuerza, y nada hace pensar que en lo inmediato pueda revertirse. Por el contrario, parece extenderse.
Ello, por supuesto, no quita que las mismas poblaciones que han elegido en las urnas a esos candidatos de ultraderecha, se vean perjudicadas por las políticas que los ungidos aplican, y que consecuentemente protesten. Lo curioso es cómo, pese a que la situación económico-social dominante en la mayor parte del mundo no es buena (o es desastrosa), los votantes se inclinan por propuestas tan antipopulares.
Sin caer en el simplismo, o peligro ideológico, de afirmar que las poblaciones son “ignorantes” en términos políticos, podrían proponerse cuatro elementos para explicar el fenómeno, sin dudas interactuantes entre sí:
1. Crisis general del sistema capitalista
El sistema capitalista global viene sufriendo una crisis desde hace ya una década, que golpea fundamentalmente en el Norte, pero también con repercusiones en los países capitalistas periféricos. La crisis financiera desatada en el 2008 aún no ha terminado, y la supuesta reactivación económica no llega. Eso no significa que sea una crisis terminal. Para la principal economía del mundo, Estados Unidos, el negocio de la guerra es siempre una válvula de escape: inventar guerras en cualquier parte, lejos de su territorio obviamente, lo que le permite reconstruir los países destruidos (ganando por ello) y mover su complejo militar-industrial, ariete dinamizador de su economía doméstica. Para las potencias europeas y para Japón, los embates de la crisis son más profundos.
Por otro lado, el traslado de buena parte de su parque industrial a los países pobres del Sur (aprovechando los bajos salarios de allí, las exenciones fiscales, la falta de controles ambientales y de trabajadores sindicalizados) ha dejado empobrecida a su propia población trabajadora. Para las compañías multinacionales no hay problemas, sino por el contrario: mayores ganancias. Pero para los asalariados nacionales (obreros industriales, clase media), ese traslado sí ocasiona pérdidas. Es obvio que el capitalismo está hecho a la medida de las empresas y no de los trabajadores. Como respuesta a esa crisis, el discurso político busca chivos expiatorios en los migrantes indocumentados (latinoamericanos para Estados Unidos, africanos para Europa). Ante la crisis, la respuesta visceral y emotiva que pone la causa de los males en esos “ilegales que quitan puestos de trabajo” es una salida rápida: hay que levantar muros para frenar las migraciones. De ahí a posiciones fascistas, racistas y xenofóbicas, un paso.
El paso está dado, por ello los triunfos electorales en muchos países del Norte, con una marcada carga anti-inmigrantes. Lo que parecía increíble algunos años atrás, es ahora una cruel realidad. El neonazismo no está muerto. Evidentemente la manipulación de las masas es fácil, y hoy día las técnicas ad hoc son super eficientes.
2. Consecuencia del neoliberalismo imperante
En los países del Sur las políticas neoliberales hace ya unas cuatro décadas que se vienen implementando. Es decir: proyectos de absoluto beneficio para los capitales (nacionales y globales), que postran totalmente a la clase trabajadora, sojuzgándola y chantajeándola en forma continua (tener trabajo es ya un “privilegio”, y hay que cuidarlo a toda costa, por lo que debe agacharse la cabeza y aceptar cualquier condición laboral). A su vez, esas políticas profundizan la dependencia del Sur respecto a las economías prósperas del Norte, aumentando a niveles impagables las deudas externas, con una continua transferencia de riqueza que posterga por décadas el desarrollo, o simplemente lo impide.
Pero aunque parezca increíble, esas políticas absolutamente antipopulares –que, por supuesto, han recibido y siguen recibiendo el rechazo de los pueblos, en forma violenta muchas veces–, también han calado en la conciencia colectiva. Con una prédica interminable sobre la ineficiencia del Estado como administrador, endiosando hasta niveles supremos la calidad de la empresa privada (engañosamente, por supuesto), una población desesperada y falta de proyecto político (por la ausencia de organizaciones de izquierda con verdadera fuerza), puede caer fácilmente en la manipulación y apostar por discursos mesiánicos, profundamente conservadores.
La tendencia actual, en buena medida mediada por las iglesias evangélicas fundamentalistas de ultraderecha, es buscar respuestas efectistas, viscerales, que prometen soluciones casi fantásticas con una confusión de base que permite creer en “salidas mágicas” (la “mano dura” para terminar con la delincuencia, un discurso de ribetes moralistas que pone como chivo expiatorio a la corrupción –la corrupción es efecto y no causa–). Todo eso permite el triunfo de propuestas de ultraderecha, contrariamente a lo que parecería indicar la lógica.
3. Manipulación fabulosa de las masas
Todo lo anterior, en el Norte y en el Sur, responde a una “ingeniería” social magistralmente trazada por los grupos de poder, Estados Unidos a la cabeza. El manejo de las masas alcanzó niveles increíbles con las modernas técnicas de psicología social-publicitaria y mercadotecnia, y la manipulación logra verdaderos “milagros”. La masa (lo cual hacer recordar a la masa de panadería, por lo maleable que resulta), según el psicólogo de las multitudes Gustave Le Bon, es “Una agrupación humana con los rasgos de pérdida de control racional, mayor sugestionabilidad, contagio emocional, imitación, sentimiento de omnipotencia y anonimato para el individuo[por lo que] la multitud es extremadamente influenciable y crédula, careciendo de sentido crítico.” Evidentemente, esa caracterización estaba en lo cierto, pues hoy vemos cómo los grupos dominantes, sin el más mínimo pudor, apelan a las más increíbles mentiras para mantener engañado al público. Y por cierto, lo consiguen con muchísima eficiencia.
Los medios masivos de comunicación, las redes sociales que posibilita el internet con los net centers o troll centersoperando (mentiras organizadas), la promoción inmoral de lo que hoy día se ha dado en llamar –con total tranquilidad y desvergüenza– fake news (noticias falsas), mantienen el mundo de la llamada “post verdad”. Ya no hay verdades, eso no importa; lo único que cuenta es el efecto que se consigue con un mensaje. Y aunque se hable de “desarrollo” y “evolución” de los pueblos, todos somos bombardeados a diario con innúmeras mentiras, grotescas, burdas, pero que a la postre dan resultados. Para el caso, no hay pueblos “evolucionados” y “cultos” que saben identificar las manipulaciones: todos caen bajo el mismo rasero.
La Guerra Fría, en términos ideológicos, no ha terminado, sino que continúa al rojo vivo. El más visceral anticomunismo, absolutamente primitivo en términos de racionalidad pero efectivo en términos políticos, no está frío: está enormemente caliente. Para muestra estos dos sencillos ejemplos: buena parte de la clase media antichavista de Venezuela cree a rajatablas que en las lámparas ahorradoras de procedencia cubana facilitadas por el gobierno bolivariano a la población… ¡hay instalados micrófonos! (sic). Y el Senado estadounidense fue convencido por el lobby guatemalteco (exponente de las mafias empresariales-políticas-militares que manejan el Estado) que la Comisión Internacional contra la Impunidad en Guatemala –CICIG–, financiada por el mismo Estados Unidos, es “comunista”, cuando en realidad se trataba de una instancia que investigó parte de los ilícitos de esos grupos de poder (recontra sic).
En el Norte con la prédica anti-inmigrante, en el Sur con la cantinela anti-corrupción (“el problema de los males sociales serían los malos funcionarios que roban del erario público”), esa proliferación infinita de mentiras ha logrado que los electorados terminen aprobando propuestas mesiánicas de ultraderecha.
4 Crisis en las propuestas de izquierda
El anticomunismo al que nos referimos, aunque pueda parecer burdo, es una absoluta realidad, cruda y brutal. Y lo peor de todo: con evidentes efectos. Como lo dice el epígrafe citado, obviamente que hay lucha de clases. Y están al rojo vivo. Todo el siglo XX fue una brutal demostración de ello. La Guerra Fría que dominó buena parte de las pasadas décadas fue una expresión de ello. Sucede que con la caída del Muro de Berlín la derecha dio un golpe enorme. No mortal, pero sí que dejó fuera de combate por un tiempo todas las propuestas de transformación.
En ese sentido, el ideario de izquierda, que obviamente no ha desaparecido ni dejado de tener validez (porque si hay clases enfrentadas, la izquierda es la expresión de una de esas clases: la clase trabajadora), hoy día fue adormecido. La reversión de esos dos grandes procesos históricos que fueron la revolución rusa y la china, permitió a la derecha sentirse victoriosa. De ahí que declaró su triunfo, el fin de las ideologías y la terminación de los conflictos interclasistas. Pero la realidad, siempre tozuda, muestra que ello no es así. De todos modos, las izquierdas han quedado muy golpeadas, y su propuesta en la actualidad no parece encontrar mayor eco.
No caben dudas que la lucha ideológica, en este momento, tiene como ganador al capital. Las ideas socialistas, las ideas de transformación revolucionaria de la sociedad, hoy están desacreditadas, y la derecha se encarga muy bien de remarcarlo.
Por otro lado, los gobiernos progresistas habidos en Latinoamérica en estas últimas décadas no pudieron pasar de propuestas capitalistas redistribucionistas, sin tocar los cimientos básicos de la sociedad. Las fuerzas del capital supieron reacomodarse, y el discurso político de derecha tomó nuevamente la supremacía. Si bien hay reacción popular, descontento, expresiones antisistémicas por todos lados, esos fermentos no encuentran de momento una direccionalidad racional que permita modificar el sistema dominante. Hasta se podría decir que los gobiernos de centro-izquierda que conocimos últimamente, donde también se dieron hechos de corrupción, funcionaron como una “mala propaganda” para el ideario de transformación social, para el campo popular. Ello, arteramente utilizado por la derecha, propició la aparición de estas respuestas ultras. El agotamiento de los reformismos permitió la contraofensiva hiper conservadora y fundamentalista. No hay en este momento una claridad ideológica que muestre el camino para los sectores populares, lo cual no significa que las injusticias hayan terminado (por tanto, el discurso contestatario de izquierda sigue teniendo vigencia). La cuestión es encontrar esos caminos.
¿Qué hacer entonces?
Quedarse llorando este retroceso no sirve. En todo caso, hay que reconocer que en este momento las propuestas de izquierda siguen estando golpeadas, sin rumbo claro. Pero reconocer eso es justamente lo que podrá ayudar a encontrar ese rumbo, por ahora ausente.
El campo popular está desconcertado, hipócritamente manipulado, conquistado por los grupos neoevangélicos que funcionan como monumentales instrumentos de control social y freno a la protesta. El embobamiento a través de los medios de comunicación y las redes sociales es proverbial. ¿Cómo es posible que se pueda hablar con toda impunidad de post verdad? Obviamente la lucha ideológico-cultural está muy bien manejada por las fuerzas del capital. Ante todo ello no se puede oponer sino una frontal lucha ideológica, para rescatar la verdad. El ideario socialista no está muerto; en todo caso, como dijera Frei Betto,El escándalo de la Inquisición no hizo que los cristianos abandonaran los valores y las propuestas del Evangelio. Del mismo modo, el fracaso del socialismo en el este europeo no debe inducir a descartar el socialismo del horizonte de la historia humana”.
Por todo ello, la lucha sigue. Y la verdad, aunque se quiere empañar con fake news y “post” verdades, ahí está presente, esperando la justicia.

sábado, 3 de septiembre de 2016

La República Eslovaca en la II Guerra Mundial

Eslovaquia fue una parte de la República de Checoslovaquia, uno de esos nuevos países creados tras la I GM, igual que lo fueron Polonia o Yugoslavia.

Checoslovaquia tuvo la desgracia de ser vecino de la Alemania de Hitler y de tener entre sus habitantes a muchos descendientes de alemanes. Así que tuvo que aguantar la política cada vez más ofensiva del III Reich alemán, la cual dio lugar a la llamada Crisis de los Sudetes, por la que Alemania se apropió de una serie de territorios fronterizos, alegando que allí vivían muchos descendientes de alemanes que deseaban volver a estar dentro de Alemania.

Esto fue un duro golpe para la joven república checoslovaca, pues de esta manera le quitaban sus zonas más ricas y más desarrolladas.

Realmente, esto ya se intentó tras la I GM, pues Austria intentó unificar todos los territorios del antiguo Imperio donde vivieran alemanes, para intentar unirse, posteriormente, con Alemania. Los aliados no lo consintieron y dividieron esos territorios, imponiendo, además, a Austria la prohibición de unirse a Alemania.

Aprovechando el tirón, los partidos de Eslovaquia, unidos alrededor de monseñor Josef Tiso y de acuerdo con los nazis, exigieron una mayor autonomía dentro de la república.

Como las exigencias eran desorbitadas, Praga no cedió ante Tiso y éste huyó a Alemania.

Allí le entregaron unos informes falsos donde se decía que había tropas húngaras preparándose para invadir Eslovaquia a fin de dividírsela con Polonia.

Tiso fue enviado a Eslovaquia para dar a conocer estos informes a la Dieta eslovaca. Esto hizo que todos se unieran para proclamar la independencia de Eslovaquia, bajo el protectorado de Alemania.

Al día siguiente, las tropas nazis invadieron el territorio checo, proclamando el nuevo Protectorado de Bohemia-Moravia.

Hungría también aprovechó la fragilidad de la nueva república eslovaca para invadirla y quedarse, tras una semana de guerra, con unos territorios que, según decían, les pertenecían desde muy antiguo. Unos 1.700 km2.

Eslovaquia siempre fue a remolque de Alemania, la cual le hizo participar en todas la guerras donde estuvieron los alemanes. Así el territorio eslovaco se vio libre de tropas alemanas durante casi toda la guerra.

Intentó varias veces recuperar, por vía diplomática, el territorio perdido frente a Hungría, pero no pudo, pues los alemanes prefirieron apoyar a los húngaros. Aunque sí pudieron recuperar una estrecha franja perdida frente a Polonia, tras la invasión de Checoslovaquia. No hay que olvidar que, en aquel momento, Polonia estuvo del lado de Alemania.

Como no era otra cosa que un país satélite de Alemania, le obligaron a firmar el famoso Pacto Tripartito, del cual, sus principales firmantes fueron Alemania, Italia y Japón. Los estados satélites firmantes fueron Eslovaquia, como ya he dicho antes, Hungría, Bulgaria, Yugoslavia y Croacia. Sin embargo, otros países de la misma órbita, como Finlandia o España, se negaron a firmarlo.

Aunque parezca mentira el sistema de gobierno se podría llamar un fascismo clerical, pues su gobernante formaba parte del clero. Era un régimen de partido único. Tenía un presidente y una Dieta elegida cada 5 años. El Consejo de Estado era la cámara alta y el Gobierno tenía sólo 8 ministros.

Aunque había un solo partido, tenía dos alas, la católica, presidida por Tiso y la nacionalsocialista del primer ministro Tuka. La mayoría de la población respaldó a Tiso por ser Tuka demasiado pro-alemán.

Desde el principio, el Gobierno se planteó expulsar a los judíos y fomentó su emigración. Posteriormente, comenzaron a encerrarlos en guetos, pero, en principio, no quisieron enviar a sus judíos a los campos de exterminio nazis.

Ya en 1942, a causa de las presiones alemanas, se decidieron por deportar a los judíos a Alemania, pero en calidad de eslovacos enviados a campos de trabajo. Por supuesto, luego los alemanes no lo respetaron. Incluso, aceptaron enviar a las familias enteras.

El Vaticano llamó la atención de Tiso, oponiéndose a esas expulsiones, pero se le dijo que iban a campos de trabajo, aunque ya sabían de sobra cuál era su destino.

Aunque las deportaciones de judíos comenzaron en marzo del 42, un grupo de ciudadanos, comandado por Gisi Fleischmann, al frente del llamado Grupo de Trabajo de Bratislava, consiguió que el gobierno las parase en octubre, demostrando que los anteriores deportados habían sido asesinados.

Este Grupo, junto con la campaña promovida en Suiza por George Mantello, cónsul del Salvador, consiguieron parar la deportación masiva de miles de judíos de Hungría hacia los campos de exterminio. Esto le sirvió a Raoul Wallenberg para salvar muchas vidas, como ya expuse en otra entrada anterior.

En 1944 ante la llegada de las tropas soviéticas, los alemanes y el Gobierno eslovaco se plantearon que las tropas nazis invadieran el país. Sin embargo, la resistencia, capitaneada por el Consejo nacional eslovaco provocó una insurrección en agosto del 44, la cual llegó a tener en sus manos gran parte del país, pero no Bratislava, la capital. Se llamó el Levantamiento Nacional Eslovaco.

En aquel momento, otros países como Rumania, se habían cambiado de bando para permitir el avance de los rusos y en Varsovia también se intentó rebelar a toda la población contra el poder nazi.

Ante ese levantamiento en Eslovaquia, el Gobierno pidió ayuda a Hitler, el cual le envió suficientes tropas para que en dos meses triunfaran sobre la revuelta.

Tras esta ocupación nazi, los judíos eslovacos fueron deportados sin ningún obstáculo que lo impidiera a los campos de exterminio. En total, se calcula que de unos 70.000 judíos que vivían allí antes de la guerra, murieron unos 65.000 por las deportaciones a los campos.

Hitler no quiso darle gusto a la minoría alemana que vivía en Eslovaquia, pues le habían pedido que Alemania se anexionara su territorio, igual que habían hecho con los checos, pero él prefirió tener contentos a los eslovacos.

Tras el Levantamiento Eslovaco el Gobierno alemán quiso organizar una evacuación de los alemanes eslovacos hacia Alemania, pero ellos no quisieron moverse de sus tierras. La razón de la evacuación estuvo basada en el maltrato dado por los eslovacos a los alemanes durante el Levantamiento.

Parece ser que en la posguerra se cometieron muchas atrocidades, por parte de los checos y los eslovacos, contra los alemanes que habían vivido siempre allí y que tuvieron que abandonar sus casas para siempre y refugiarse en Alemania.


Alemania dio orden a sus tropas estacionadas en Eslovaquia para que abandonaran el país y fueran a defender los pozos petrolíferos de Hungría y los caminos hacia Viena. Así que el Gobierno de Tiso se fue con ellos hacia Austria.

El 04/04/1945 cayó Bratislava en manos soviéticas y así terminó la historia de la República Eslovaca, pues, por acuerdo entre los aliados, el territorio pasó de nuevo a manos de la nueva República de Checoslovaquia, ahora dentro de la zona de influencia soviética.

El Gobierno eslovaco de Tiso se rindió en Austria a las fuerzas USA, con la esperanza de no ser entregados a los rusos. No obstante, los aliados los entregaron a la Justicia de su país.

Tras los juicios contra ellos, tanto Tiso como Tuka fueron condenados a muerte y ejecutados por traición a su país.

Actualmente, existe la república de Eslovaquia, tras haberse separado en 1993 de la república de Checoslovaquia.

martes, 7 de junio de 2016

El Mariscal italiano Rodolfo Graziani


Graziani con diferencia el mejor militar italiano de la Segunda Guerra Mundial. Procedente de un país con precarios expertos en el arte de la guerra, el mariscal Graziani se convirtió sin duda en la excepción de Italia.

Rodolfo Graziani nació el 11 de Agosto de 1882 en Filettino, provincia de Frosinone, Italia.

Difícil fue la vida de Graziani en su infancia. Su familia, originaria del pueblo vecino de Affile, poseía unas tierras que apenas daban suficiente producción para mantener a sus nueve hijos, entre ellos Graziani. Siendo apenas un niño, Rodolfo tenía que caminar todos los días 8 kilómetros ida y vuelta hacia el colegio con una pesada cartera y siendo el único de sus hermanos que llevaba zapatos. Terminada la escuela elemental, acudió a cursar la secundaria en una localidad todavía más lejana en Subiaco, el mismo seminario al que había ido su padre y su abuelo. Precisamente en Subiaco, se despertó el amor de Graziani por África y las fuerzas armadas, ya que en esa escuela se solían relatar las gestas del Ejército Real Italiano (Regio Esersito) en Eritrea y Somalia como las de Adua y la Bahía de Assad.

Convertido en un joven soñador, Graziani contó a su familia el deseo de ser militar, algo a lo que se padre se opuso, ya que sólo tenía dinero para pagar una escuela de cadetes durante los dos primeros años. Triste por la negativa de su familia, en 1902 Graziani entró en la Facultad de Derecho con la idea de convertirse en abogado. Sin embargo, la llamada a filas del Ejército Real Italiano a los jóvenes italianos tras el recrudecimiento de las guerras coloniales, salvó a Graziani de llevar una vida aburrida en lo civil, por lo que se enroló sin dudarlo.

Igual de difícil fue la situación económica de Graziani en el Ejército Real Italiano, como lo había sido de niño para ir a la escuela. Al principio tuvo que recurrir a algunos fondos de la seguridad pública y luego renunciar a comer algunos días a la semana para poder seguir estudiando lo que verdaderamente le gustaba. Primeramente hizo un curso para oficiales en el 94º Regimiento de Infantería de Roma y luego entró en la Academia Militar de Módena. Como el dinero en su bolsillo era inexistente, Graziani sabía que debía ascender cuanto antes o de lo contrario le echarían por no poder pagar. Por esa razón se presentó a un examen complicadísimo, de los que sólamente 9 candidatos de 350 salían elegidos como oficiales, obteniendo Graziani un sobresaliente muy por encima de la media al tener la tercera mejor nota de todas. Su aprobado le valió el ascenso que tan ansiosamente buscaba y un salario digno para costearse el resto de su carrera.

Oficial por fin del Ejército Real Italino, Graziani dirigió en 1904 a una pequeña sección en el 92º Regimiento de Infantería de Viterbo y en 1906 también otra dentro el prestigioso 1º Regimiento de Granaderos de Roma. En 1908 cumplió uno de sus mayores deseos, ir a África para participar en las conquistas coloniales. Durante su estancia en Eritrea aprendió la lengua árabe y la tigriña, esta última un dialecto etíope. Pero no todos los momentos en la sabana africana fueron agradables, ya que estuvo a punto de morir en dos ocasiones tras sufrir la mordedura de una serpiente venenosa y contraer la malaria posteriormente. Después de recuperarse, todavía tuvo fuerzas para marchar a Libia en 1912 y combatir contra los otomanos en la Guerra Ítalo-Turca entre Italia y Turquía, de donde salió con el grado de teniente por sus méritos en el campo de batalla.
Un joven Graziani con uniforme de oficial durante su participación en las campañas coloniales de Somalia, la Guerra Ítalo-Turca y la Primera Guerra Mundial.

De vuelta a Italia tras sus aventuras coloniales, Graziani decidió formar su propia familia. En 1903 se casó con Inés Chionetti, una hermosa chica morena, amiga de la adolescencia desde hacía muchos años, con la que tuvo una hija a la que bautizaron como Wanda.

Al entrar Italia en la Primera Guerra Mundial en 1915, Graziani obtuvo el mando del 1º Regimiento de Granaderos, el cual fue desplegado dentro del III Ejército del Duque de Filiberto de Saboya-Aosta en el Frente de los Alpes. Durante tres años combatió en las Batallas del Río Isonzo contra los austro-húngaros, siendo ascendido a coronel en 1918 y condecorado con la Medalla al Valor.

Terminada la Gran Guerra, Graziani expresó su deseo de volver a África, pero sus superiores consideraron que sería mejor enviarlo a otro destino, motivo por el cual fue puesto al mando del 61º Regimiento de Infantería que ocupaba Macedonia como parte del despligue internacional en los Balcanes. Sólamente aguantó tres meses, ya que cansado de una responsabilidad tan tranquila, solicitó pasar a la reserva, petición que fue admitida sin problemas.

Provisionalmente convertido en civil, Graziani decidió convertise en comerciante y hacer una serie de negocios por diversos países de la Eurasia. Básicamente se dedicó a la compraventa de alfombras orientales, algunas verdaderas y otras imitaciones falsas, a las que aumentaba o disminuía el precio según las circunstancia. Los tres principales lugares por los que viajó haciendo algo de dinero fueron el Cáucaso, Rusia y Turquía. Pero rápidamente echó de menos la vida militar y por eso decidió regresar a su país.

Al volver a Italia en el verano de 1921, Graziani se presentó en el Ministerio de la Guerra, pero como las campañas bélicas habían finalizado, no encontraron ningún puesto para él. Frustrado, Graziani se quedó en el paro, sin trabajo y apenas sin dinero tras haber gastado gran parte de los beneficios en el venta de alfombras. Durante varios meses, Graziani estuvo acudiendo al Ministerio de la Guerra, paseándose por los largos pasillos, a la espera de que alguien conocido le ofreciese una tarea digna de su rango. Milagrosamente una tarde de Octubre de 1921, un viejo amigo suyo se le encontró como de costumbre en el pasillo al salir de su oficina y le preguntó: “¿Siempre dispuesto a volver? ¿qué dirías si te mandásemos a Libia?”.


Libia, estaba siendo devastada por las tribus rebeldes sanussi dirigidas por el líder religioso Omar Mukhtar que ya habían vencido y humillado a cuantiosos generales italianos, motivo por el cual ningún militar quería ir a la colonia italiana del Norte de África, plaza que quedó vacante para Graziani. Cuando el coronel italiano pisó Libia, nadie tenía mucha esperanza en él, ni siquiera el el Conde Giusuppe Volpi que lo había hecho llamar. Sin embargo, desde el primer momento en que Graziani se asentó en África, dejó de hacer las cosas que habían hecho sus antecesores y probó tácticas nuevas, como por ejemplo dejar de lanzar grandes ejércitos contra el desierto, algo inútil desde el punto de vista del avituallamiento, para efectuar escaramuzas y golpes de mano con pequeños contingentes italianos, estableciendo líneas de caravanas por rutas seguras y atacando los escondites del enemigo. Gracias a estas iniciativas, venció a los sannusi en Gefara, Gebel o Ghibla, asegurando la frontera de Túnez entre Zuara y Trípoli con sólo 2.500 tropas coloniales askaris. Ajeno a la Marcha sobre Roma de los fascistas el 22 de Octubre de 1922, Graziani empezó la ofensiva contra Jefren, asegurando la zona el día 31. Para 1923 Graziani entró con sus hombres en Garian, Tarhuna y Orfella sin disparar un sólo tiro, lo mismo que en 1924 en Sirte, Mizda y Gadames. Durante los años siguientes Graziani adoptó medidas exageradas como extender una inmensa alambrada entre Libia y Egipto para evitar el contrabando de armas y confinar a un importante sector de la población sanussi en campos de concentración para evitar que los guerrilleros se infiltrasen entre los habitantes libios. A mediados de 1929 Graziani controlaba gran parte de Tripolitania, Gebel y el 27 de Marzo de 1930 inició el ataque a Cirenaica con un desembarco en Bengasi. Su gesta más impresionante fue realizar una marcha de más de 900 kilómetros desde el Mar Mediterráneo hasta el Oasis de Kufra a través del Desierto del Sáhara, una de las mayores proezas logísticas militares del siglo XX. En 1931 la revuelta sanussi fue finalmente aplastada, Libia conquistada al completo y Omar Mukhtar capturado y ahorcado por la caballería indígena de los savaris el 16 de Septiembre. Por su éxito Graziani fue colmado de honores con un ascenso a general de división y el título de “Condottiero” y “Nuevo Escipión el Africano”.

Al iniciarse la Guerra Ítalo-Etíope en 1935 entre Italia y Etiopía, Graziani fue nombrado Gobernador de Somalia. Partiendo precisamente del Desierto de Ogadén, Graziani avanzó con sus tropas hacia Gherlogubi y Harrarino. A mitad del trayecto se detuvo, ya que comprendió que para avanzar necesitaría construir una larga vía de suministros, obra que realizó levantando una carretera asfaltada entre Gapredarre y Mogadiscio, consolidando al mismo tiempo la línea de frente entre el Canal de Doria y el Canal de Daua Parma. Durante ese tiempo aumentó sus reservas con tropas árabes y somalís, además de fomentar las revueltas de las bandas dubats en contra de los etíopes. Por fin en Enero 1936 Graziani lanzó su gran ofensiva venciendo a las fuerzas del Ras Destà en Neghalli-Dolo y empujando a las tropas etíopes a la frontera con Kenya. Gracias a la carretera que previamente había diseñado, pudo atacar con tres columnas simultáneamente que conquistaron Giggia el 6 de Mayo, Harrar el 8 y el ferrocarril de Dire Daua que enlazaba con Djibuti el día 9. Inmediatamente después, Graziani supo que su principal competidor, el general Pietro Badoglio, había tomado la capital de Addis Abeba, poniendo fin a la guerra. Como recompensa por la campaña Grazini, fue ascendido a mariscal y nombrado Virrey de Etiopía.

Tropas coloniales italianas de Camisas Negras son inspeccionadas por Graziani en Etiopía.

Finalizada la Guerra Ítalo-Etíope, la nueva colonia italiana de Etiopía distaba lejos de ser pacificada, labor de la que se tuvo que ocupar Graziani. Uno de los métodos utilizados por el mariscal italiano fue más que polémico, ya que utilizó gases venenosos lanzados desde aviones contra las bandas rebeldes, así como el envío provisional de todos aquellos sospechosos a campos de concentración. También ordenó ejecutar a todos los líderes guerrilleros como el Ras Destà acusados de haber matado a italianos en atentados o simplemente deportarlos a Italia como le sucedió al Ras Immirù. La peor represalia tuvo lugar el 19 de Febrero de 1937, cuando de repente en una fiesta que Graziani celebraba junto al líder tribal Abuna Kyrillos en el Palacio Imperial del Ghebí, unos infiltrados etíopes hicieron explosionar siete bombas de mano que hirieron con centenares de esquirlas al mariscal italiano, además de a los periodistas Mario Appelius y Ciro Poggiali, iniciándose a continuación un tiroteo de tres horas que terminó con la aniquilación de los autores. Por el shock sufrido y ante el miedo de susfrir otro atentado, Graziani ordenó una venganza desproporcionada al ordenar ejecutar a 3.000 de los guerrilleros capturados, fusilar a 425 monjes del Convento de Debrà Libanòs y enviar a 100.000 sospechosos al campo de concentración de Danane. Todas esas medidas lograron aquel 1937 pacificar Etiopía, iniciándose a partir de entonces una etapa de desarrollo para la colonia y sus habitantes.

En Febrero de 1938, Graziani regresó a Italia para disfrutar de un largo período vacacional fuera del ejército. Se alojó en su ciudad natal, Filettino, a la que rebautizaron como “Filettino Graziani” en su honor. Poco después intentó convertirse en senador, pero por aquel entonces tenía 56 años y la edad mínima para entrar en el Senado era de 60, por lo que tuvo que resignarse. Sin saber qué hacer, se trasladó a Somalia para cuidar una pequeña granja agrícola que compró en Mogadiscio.

Año 1938. Visita oficial de Graziani a Campionara acompañado por delegados fascistas.

Cuando estalló la Segunda Guerra Mundial en Europa en Septiembre de 1939, Benito Mussolini hizo volver a Graziani a Italia para nombrarle jefe del Estado Mayor del Ejército Real Italiano. En su nuevo puesto Graziani recomendó a Mussolini que fuese prudente porque sabía que las fuerzas armadas no estaban preparadas para participar en la contienda, pero el Duce hizo oídos sordos y el 10 de Junio de 1940 metió a Italia en la contienda al lado de Alemania.

África fue una vez más el destino de Graziani como comandante en jefe de las fuerzas italianas y como Gobernador General de Libia tras la muerte de su anterior comandante Italo Balbo el 28 de Junio de 1940 en un accidente aéreo sobre Tobruk. Se le encargó la misión de llevar a cabo una incursión contra Egipto, plan que vió inviable, ya que él prefería avanzar hacia El Cairo, pues detenerse a mitad del camino en el desierto, suponía un riesgo muy alto tanto a nivel logístico como a nivel de posición vulnerable. A pesar de todo, Mussolini insistió y Graziani cruzó la frontera con Egipto en Septiembre. Con relativa facilidad ocupó la zona de Sidi Barrani, de donde expulsó a los ingleses provocándoles 50 muertos y la destrucción de 22 tanques, 11 vehículos blindados y 4 camiones, todo ello a costa de 91 italianos muertos.


Sidi Barrani sólo significó una victoria virtual, cosa que Graziani sabía, pues tal y como había advertido a Mussolini, detenerse en medio del desierto significaba caer en la trampa del enemigo a largo plazo. Su premonición se cumplió el 9 de Diciembre de 1940, cuando el general británico Archibald Wavell desarrolló la “Operación Compass” con unos 36.000 soldados contra unos desabastecidos y desprotegidos 250.000 italianos. Sin capacidad de moverse y muy alejados de sus bases, los italianos en Sidi Barrani fueron derrotados y expulsados de Egipto. Pero eso no fue lo peor, ya que los británicos penetraron en Libia conquistando y rindiendo todas las plazas italianas a lo largo de Cirenaica que incluyeron el Paso de Halfaya, Sollum, Bardia, Tobruk, Derna y finalmente Beda Fomm, lugar en donde se completó un cerco que dejó atrapados a centenares de miles de italianos, que se rindieron el 9 de Febrero de 1941. La catástrofe fue monumental, pues los italianos sufrieron 115.000 bajas y la destrucción de 400 tanques, 1.292 cañones, 330 aviones; mientras que los británicos sólamente 2.016 bajas y la destrucción de 100 tanques, 4 vehículos blindados, 2 cañones y 15 aviones. A pesar de que Graziani había avisado de lo que podía pasar, el Duce decidió restituirlo del mando el 25 de Marzo de 1941 por el general Italo Gariboldi.

Durante los años siguientes al desastre de Cirenaica, se intentó abrir contra Graziani un proceso por su actuación en África, una investigación que llevó a cabo Tharon de Revel y que finalmente no acabó en nada, ya que precisamente Mussolini había sido el responsable y no el mariscal italiano. Olvidándose de los acontecimientos bélicos que sucedían, Graziani se retiró con su esposa Inés, su hija Wanda y su perro etíope Quoncit a una finca rural de Piani di Arcinazzo en la región del Lazio, lugar en el que disfrutó de un plácido tiempo libre.

Al producirse el Armisticio de Italia con los Aliados el 8 de Septiembre de 1943, Graziani intentó escapar del país mediante la ayuda del Príncipe Humberto de Saboya cuando los alemanes comenzaron la invasión de Italia. No obstante, en el último momento se echó atrás al comprender que había sido el general Pietro Badoglio por orden del Rey Víctor Manuel III quién había traicionado a Italia, entregándosela a los Aliados, abandonando la nación a su suerte con tal de mantenerse en el poder, dialogando con los comunistas, derrocando al Duce y rompiendo ilegalmente los tratados internacionales con Alemania y Japón. Viendo el circo en el que se había convertido todo aquello, Graziani decidió permanecer en Italia y sumarse el 23 de Septiembre de 1943 a la recién instaurada República de Saló por Benito Mussolini, tras haber sido rescatado del cautiverio monárquico por los alemanes.

Benito Mussolini con Graziani. El mariscal juró fidelidad al Duce en la República de Saló hasta el final.

Como Graziani fue el único mariscal de más alto prestigio que había decidido permanecer leal al fascismo, Mussolini le nombró comandante supremo de todas las fuerzas armadas de la República de Saló, es decir, del nuevo Ejército Nacional Republicano (Esersito Nazionale Repubblicano). A partir de la nada, Graziani poco a poco fue creando un ejército de grandes dimensiones. Primeramente empezó apoyándose en las milicias fascistas como las Brigadas Negras, para más tarde reclutar gente entre la población con las que formó las Divisiones “Italia”, “Littorio”, “San Marco” y “Monte Rosa”. Siguieron a estas otras divisiones de alpinos, paracaidistas o Bersaglieri, además de la formación de la Fuerza Aérea Nacional Republicana (Aeronautica Nazionale Repubblicana), la Marina Nacional Republicana (Marina Nazionale Repubblicaba), la Xª Flotilla MAS con unidades de comandos submarinistas e incluso una fuerza en las Waffen-SS extranjeras denominada 29ª División SS Italiana “Italien”. Graziani presionó a los alemanes para que liberasen a todos aquellos soldados italianos en los campos de prisioneros del Tercer Reich, incluyendo a los 7.000 carabineros que él mismo había desarmado con la vuelta de Mussolini debido a su dudosa lealtad, logrando que los germanos soltaran a muchos a los que pudo captar. Otra medida que impidió que se redujesen los efectivos, ya fuera por cobardía o traición, fue establecer unas ordenanzas por las que se fusilaba en el acto a todos los desertores. Gracias a aquellas iniciativas, Graziani creó unas fuerzas militares para la República de Saló que contaron con medio millón de combatientes, un completo éxito del vetarano mariscal.

Más que perdida estaba la guerra para el Ejército Nacional Republicano de Graziani, sin embargo durante dos años, fue la fuerza militar que más dolores de cabeza dió a los Aliados en Europa, ya que les dejó prácticamente clavados en el terreno y les provocó unas bajas que superaban inmensamente a las suyas propias. Algunas de las gestas de Graziani fueron los 600 SS italianos que detuvieron a las fuerzas acorazadas anglo-estadounidenses en la cabeza de playa de Anzio o la Batalla de Garfagnana en donde un número muy reducido de fascistas italianos venció a un grupo compuesto por el doble de americanos en Lucca, provocándoles cerca de 1.000 muertos y 300 prisioneros. También hubo grandes operaciones antipartisanas en retaguardia contra los comunistas italianos en los Apeninos, Piemonte, los Alpes o Lombardía, así como golpes de mano, redadas y emboscadas, que a veces acabaron en crueldades por parte de los dos bandos, ya fuesen ejecuciones o torturas. Ni siquiera Graziani faltó a la cita cuando los guerrilleros yugolsavos de Josip Tito presionaron por el este de la frontera con Eslovenia hacia Trieste. Pero sin duda la mejor actuación de Graziani fue la Batalla de la Línea Gótica, frente que se extendía del Mar Mediterráneo al Mar Adrático, en el que al mando del Ejército Liguria en 1944 provocó un número muy elevado de bajas a las tropas invasoras estadounidenses, británicas, sudafricanas, canadienses, australianas, neozelandesas, indias, francesas libres, polacas libres, griegas libres y brasileñas. Incluso en la última ofensiva aliada contra el Río Po desatada en Abril de 1945, Graziani supo dar la talla causando pérdidas a sus enemigos cuando ni siquiera ya hacía falta luchar. Aquellas batallas de las que salió casi siempre victorioso, convirtieron a Graziani en el mejor militar italiano de la Segunda Guerra Mundial.

Mariscal italiano Rodolfo Graziani junto al general alemán Karl Wolf, pasan revista a los voluntarios italianos de la 29ª División SS “Italien”.

A finales de Abril de 1945, Graziani había perdido el control sobre el restos de las fuerzas militares fascistas cerca del Lago Como, intentando salvar la vida de los partisanos comunistas y de los Aliados. En un chalet de Ticino se reunió con el general alemán Karl Wolf de las SS, quién le informó de que el Ejército Alemán abandonaba Italia para siempre y que a partir de ese momento tendría que continuar sólo. El 26 de Abril Graziani quedó rodeado por fuerzas partisanas en Ticino, por lo que rápidamente se puso en contacto con el general italiano proaliado Raffaele Cadorna, a través de una llamada telefónica con el Arzobispo de Milán Ildefonso Schüster, a quién informó de que deseaba entregarse como un prisionero de guerra y no como un reo para ser víctima de la venganza de los comunistas. Los Aliados que estaban interesados en salvarle la vida, enviaron al agente Emilio Daddario, un capitán italiano al servicio de los americanos que le sacó discretamente de la bolsa partisana. Tuvo mucha suerte, ya que los líderes guerrilleros Sandro Pertini y Corrado Bonfantini habían dado orden de fusilarlo. Provisionalmente metieron a Graziani en la Prisión de San Vittore, pero sólo estuvo dos días, ya que el 29 de Abril fue entregado en Brescia al VI Cuerpo Estadounidense. Al día siguiente, el 30, fue llevado en avión a Florencia, donde comunicó públicamente por la radio deponer las armas a todo el Ejército Nacional Republicano.

Concluída la Segunda Guerra Mundial en Europa, Graziani fue trasladado por los americanos a Argel, en el Norte de África, como un prisionero de guerra con el número AA-253402 en el Campo Nº211. En Argelia permaneció un año hasta que el 16 de Febrero de 1946 se le devolvió a Italia para ser internado provisionalmente en la Prisión de Procida a la espera de juicio. Sin embargo antes de ser juzgado, tuvo un ataque de apendicitis muy grave que casi le hizo perder la vida, por lo que tuvo que ser ingresado en el Hospital Elena de Saboya de Nápoles, siendo curiosamente llevado al centro sanitario por una lancha torpedera primero y luego escoltado en una ambulancia por dos motoristas, una camioneta de policía y un camión con 30 carabineros. Cuando por fin se recobró de su salud, fue encerrado en la Fortaleza de Boccea de Roma para ser sometido al Tribunal Criminal Especial. A lo largo de 79 sesiones que duró el juicio, en Febrero de 1949 el tribunal se declaró incompetente para juzgar unos hechos dentro de la jurisdicción del Ejército Italiano, por lo que el caso fue transmitido al Tribunal Supremo Militar y en concreto al general Emanuele Bernardo di Pralormo. Hasta el 23 de Febrero de 1950 no empezó el nuevo juicio, el cual duró 35 sesiones con una sentencia final de “culpable” en los cargos de haber colaborado con el invasor alemán, algo falso porque Graziani se había amparado en la legalidad fascista de la época. Debido a esta irregularidad y a que ya había cumplido cárcel desde la detención por los Aliados en Argelia, los 19 años de prisión que le cayeron como castigo se convirtieron en sólamente 4 meses que cumplió en el Hospital de Celio debido a su precaria salud. El 29 de Agosto de 1950 salió en libertad estando libre de todos los cargos.

Devuelto a la vida civil, Graziani disfrutó de unos cómodos años con su familia en la casa rural de Arcinazzo y visitando a sus dos hermanas Lavania y Lidia en Affile. Aprovechó su tiempo libre para escribir y publicar sus mémorias títuladas He defendido la Patria (Ho difeso la Patria). También se dedicó por un tiempo a la política, afiliándose al Movimiento Social Italiano (MSI), nuevo nombre del antigo Partido Nacional Fascista (PNF). Durante su breve etapa como político, llenó salones con miles de personas que acudían a escuchar sus discursos y sus viejas gestas en la guerra, como por ejemplo hizo en 1954 durante el Congreso de Viareggio. Antes de retirarse del MSI por motivos de salud, fue nombrado “Presidente Honorario”.

Multitudinario funeral de Rodolfo Graziani en Affile.

A la edad de 72 años, la vida de Rodolfo Graziani se apagó para siempre de manera natural. A su funeral en Roma acudieron miles de personas que desfilaron durante horas detrás del féretro para decirle su último adiós.

Como la Segunda Guerra Mundial y el tema del fascismo se convirtió en un tema molesto para Italia en las décadas posteriores, a veces real y otras inducido con malicia, la memória de Graziani fue injustamente tratada bajo falsos testimonios sobre “colaboración” que no se ajustaban a la realidad. Sólamente los sectores fascistas y una parte de los derechistas hicieron gala al recuerdo del mariscal. La tendencia cambió a partir del siglo XXI, cuando Italia empezó poco a poco a ver con más normalidad la Era Fascista, período que al fin y al cabo formaba parte de su Historia. Por eso en el año 2012, bajo una fuerte polémica no superada todavía por una parte de la población, se erigió en Affile con fondos públicos un monumento en honor a Rodolfo Graziani en el que rezaban las palabras “Patria” y “Honor”.

Quizá no fuese de la talla de grandes generales de la Segunda Guerra Mundial como el alemán Erwin Rommel, el americano George Patton, el soviético Georgi Zhukov o el japonés Isoroku Yamamoto, pero sin duda Rodolfo Graziani fue un mariscal que con unas fuerzas inferiores tanto numéricamente como teconológicamente, realizó proezas en los campos de batalla y se convirtió en uno de los más audaces militares de la Historia de Italia.

jueves, 29 de octubre de 2015

La Marcha de Mussolini sobre Roma


Abismal era la crisis en el verano de 1922 en el Estado Italiano. Los marxistas con muchos adeptos se acercaban cada vez más a la revolución y los fascistas no paraban de sembrar violencia. Nadie se lo esperaba, pero Benito Mussolini desde hacía tiempo había decidido zanjar los problemas de una vez por todas con la toma del poder a la fuerza.

Básicamente las causas de esta decisión fueron la huelga general convocada por las izquierdas en todo el país en Agosto de 1922 que a punto estuvieron de tomar el poder e instaurar la revolución bolchevique como en Rusia. De no ser por la intervención de miles de fascistas que la disolvieron a base de lucha callejera y porrazos, una guerra civil hubiese podido tener lugar. Como consecuencia de esto el Partido Nacional Fascista (Partido Nazionale Fascista) comprendió que en cualquier momento los comunistas podían hacerse con el control de Italia. Los partidos democráticos, ya muy debilitados, no servían para nada y menos frente a la marea revolucionaria. Sólo había dos posibles resultados: o los fascistas asaltaban el poder o de lo contrario lo harían los bolcheviques.

Marcha sobre Roma de Camisas Negras.

Muy detenidamente Mussolini estudió la posibilidad de marchar a Roma para convencer al Rey Victor Manuel III ante la necesidad de un cambio de Gobierno por otro más fuerte dirigido por fascistas. El problema era la republicanidad de los fascistas, completamente antimonárquicos. Esa fue la razón por la cual Mussolini hubo de renunciar temporalmente a la República y adoptar un discurso monárquico, aunque bastante débil y moderado.

A mediados de Octubre de aquel 1922, en Milán se tomó la decisión de avanzar sobre Roma. Mussolini designó a un Cuadrunvirato para dirigir las operaciones. Sus miembros fueron: Michelle Bianchi, Italo Balbo, Emilio de Bono y Cesare Maria de Vecchi.

Tanto las escuadras de Camisas Negras y la Milicia Fascista se repartirían en tres regiones italianas distintas: Ancano al mando del general Gustavo Fara, Civitavecchia bajo control del general Sante Caccherini y Orte dominada del general Emilio de Bono. Como punta de lanza de avance irían tres columnas: La Columna Civiatavecchica del general Dino Perrone Compagni con 4.000 hombres, la Columna Tívoli del general Giuseppe Bottai con 8.000 hombres y la Columna Monterotondo del general Ulisse Igliori con 2.000 hombres.

Las palabras de Benito Mussolini antes de la Marcha sobre Roma fueron:
“O nos dan el Gobierno o lo tomaremos bajando a Roma”.

Marcha sobre Roma

Repentinamente, el 27 de Octubre de 1922, tres enormes columnas de Camisas Negras iniciaron el avance hacia Roma procedentes desde Civiatavecchica, Tívoli y Monterotondo. Por el camino la gente de todas las clases sociales se les unió emocionada, tanto campesinos y obreros, como industriales y comerciantes, e incluso exveteranos de la Primera Guerra Mundial descontentos con el injusto resultado.

Cuando el Gobierno en Roma se enteró de lo que estaba sucediendo, entró en crisis. Como resultado el Partido Socialista Italiano y el Presidente Luigi Facta dimitieron dejando un vacío de poder muy importante.

Durante todo el resto del día 27, los Camisas Negras y la Milicia Fascista se fueron acercando a la capital. Por el camino tuvieron un total apoyo de la Policía Italiana y los Carabineros (Carabinieri) que en ningún momento les pusieron impedimentos. Por otra parte el Ejército Real Italiano (Regio Esercito) y los militares hicieron la vista gorda. Simultáneamente la Confindustria de Roma se posicionó al lado de los sublevados.


Camisas Negras y Escuadras Fascistas entrando en Roma.

Sin apenas toparse con resistencia las escuadras fascistas se apoderaron de oficinas de correos y telégrafos, prefacturas, puestos de radio y nudos ferroviarios, incluso se hicieron con algunos trenes para facilitar la marcha. También los Camisas Negras tomaron algunos cuarteles e instalaciones militares, aunque en muy pocos casos porque los soldados los recibieron con los brazos abiertos. Ni sindicatos ni partidos de izquierdas se opusieron a la marcha, sólamente se ocultaron en sus sedes y delegaciones que fueron ignoradas por los fascistas.

A lo largo de la noche del 27 al 28 de Octubre, el Rey Víctor Manuel III inició unas muy alteradas negociaciones entre el Gobierno y los fascistas. El mariscal Armando Díaz y el general Luigo Federzoni aconsejaron al monarca que pactara con los fascistas para evitar que cayera la Corona de los Saboya. Mientras tanto, fuera del Palacio Real en Roma, sin nadie percatarse aquella noche, los Camisas Negras comenzaron a entrar en la capital italiana sin encontrar oposición. Para llamar a la tranquilidad colgaron carteles que rezaban “conservar la calma”. Viéndose acabado y antes de que la cosa acabara en un baño de sangre, el Rey hizo llamar a Benito Mussolini que en aquellos momentos se encontraba en Milán para que se presentara ante él a negociar.

Benito Mussolini rodeado de Camisas Negras camina triunfal por la capital romana tras la exitosa marcha. Año 1922.

Mussolini se trasladó a Roma el 28 de Octubre de 1921, entrando en la capital italiana ovacionado por multitudes y saludado como si fuera Julio César. Apenas tardó unos pocos minutos hasta que se reunió con el Rey en el Palacio. Su palabras al monarca fueron: “Pido perdón a vuestra Majestad por tener que presentarme con la Camisa Negra puesta, de vuelta de la batalla, afortunadamente incruenta, que se ha tenido que librar. Traigo a vuestra Majestad la Italia de Vittorio Véneto, de nuevo consagrada por la victoria, y soy fiel siervo de vuestra Majestad.” A continuación el líder fascista expuso al monarca su más sincera fidelidad a la Corona y a Italia. Contento por el comportamiento de Mussolini, el Rey le encargó formar Gobierno para que de esa manera pudiese frenar la época de revueltas que tenía a Italia sumida en el caos y la anarquía.

El mismo 28 de Octubre de 1921, fecha que pasaría a la Historia, Benito Mussolini fue declarado “Duce (Guía)” de Italia bajo coalición de todos los partidos políticos y el suyo. A partir de entonces nació un nuevo calendario adoptado del romano, la Era Fascista.

domingo, 9 de agosto de 2015

LAS DIFERENCIAS HISTÓRICAS ENTRE EL FASCISMO EUROPEO Y EL ISLÁMICO

Las recientes declaraciones del notorio escritor bolchevique Humberto Eco calificando al fundamentalismo islámico como la nueva forma de nazismo del siglo XXI deberían llamarnos a la reflexión. 

No tanto por el valor intelectual representado por el aludido, sino por el hecho de que las mismas expresan un cierto clima mental manifestado por vez primera por el ex presidente Bush al iniciar su cruzada del 2001 en contra de tal ideología a la que también calificó en su momento como ‘fascismo’, teniendo ambos en el fondo -y desde la óptica desde la cual se ubican- bastante razón.

Los Fascismos europeos y las diferentes formas de fundamentalismo islámico tienen en común el rechazo por la democracia y por sus secuelas últimas de las que participa tal concepción del mundo.

Mientras que para ésta la vida, lo histórico, lo espacio temporal y por lo tanto lo económico representan los valores supremos por lo cuales debe ordenarse la totalidad de nuestra existencia, para estas dos expresiones antes mentadas los mismos son en cambio lo trascendente, el espíritu, el que se encuentra ordenado por encima de la materia, bajo la forma de lo político y lo religioso por sobre la simple economía y la vida heroica por sobre el consumismo burgués que prima en nuestros días. Y el buen gobernante no es, tal como hoy se estila, el excelente administrador, el que sabe cómo llenar el estómago de las personas y hacerlas ‘felices’, sino el que otorga fines e ideales superiores por los cuales vivir y morir, metas éstas que se encuentran más allá de la simple vida y en un orden superior que solamente él se encuentra en condiciones de percibir en su nitidez.

Indudablemente fascismo y democracia son posiciones antitéticas. Mientras que para esta última quien gobierna es la expresión del pueblo, uno más entre la multitud anónima y masificada, quizás el más exitoso, sea en la economía, como en el deporte o en el espectáculo, en la primera en cambio se trata de un ser de naturaleza superior y diferente del resto y su función no es la de descender y adaptarse a los valores de la turba para hacerlos ‘realizables’, sino la de rectificarla y elevarla desde su condición puramente gregaria hacia una esfera superior y trascendente, propia de lo que es el universo de la persona. Tal es la imagen hoy expresada en la figura del califa, un ser casi como de otra naturaleza, no producto de la ‘voluntad del pueblo soberano’ sino de la de Dios que a través de la victoria le ha dado su consentimiento, o lo que fueran en otro contexto el Duce o Führer en los fascismos europeos.

Lamentablemente debemos destacar aquí que la gran paradoja que hoy se vive en nuestro medio es que tales repudios hacia el fascismo o nazismo islámico de parte de marxistas y capitalistas son también expresados por aquellos que en el mundo occidental se consideran como los herederos de tal ideología derrotada en la segunda gran guerra y cuyos exponentes, de la misma manera que Eco y Bush, hoy hacen fila para demostrar quien repudia mejor al fundamentalismo islámico, con argumentos diferentes, es cierto, pero que en la práctica representan una misma cosa. Tenemos al respecto el caso patético de la Sra. Marine Le Pen, a la que habitualmente se ha caracterizado como la heredera de tal ideología, que hoy lejos de adherir a tal expresión surgida en otro universo cultural, por el contrario convoca a endurecer aun más la posición de Europa en contra de la misma

lunes, 1 de junio de 2015

Un Fascismo inmenso y rojo


En el siglo XX solamente hubo tres formas ideológicas que pudieron probar la realidad de sus principios en materia de realización político-estatal: el liberalismo, el comunismo y el fascismo. No encontramos en la realidad otro modelo de sociedad que no sea una de las formas de estas ideologías. Hay países liberales, comunistas y fascistas (nacionalistas). Los otros están ausentes. Y no pueden existir. En Rusia, pasamos dos etapas ideológicas: la comunista y la liberal.

Hay un fascismo.

1. Contra el nacional-capitalismo

Una de las versiones del fascismo, que, parece, la sociedad rusa ya está dispuesta a aceptar (o ya casi lo ha hecho) es el nacional-capitalismo.

No hay duda de que el proyecto del nacional-capitalismo o el «fascismo de derechas» es la iniciativa ideológica de esta parte de la élite de la sociedad, preocupada seriamente por el problema del poder y que distintamente se siente l´esprit du temps.

Sin embargo, la versión «nacional-capitalista», de «derechas», del fascismo no agota, en absoluto, la esencia de esta ideología. Además, la unión de la «burguesía nacional» y los «intelectuales» sobre la cual, según ciertos analistas, se fundará el futuro fascismo ruso, representa un ejemplo brillante de un enfoque completamente extraño al el fascismo como concepción del mundo, como doctrina y como estilo. La «dominación del capital nacional» es la definición marxista del fenómeno fascista. No tiene en cuenta en absoluto la base filosófica específica de la ideología fascista, ignora conscientemente el pathos de base, radical, del fascismo.

El fascismo es un nacionalismo, pero no importa qué nacionalismo, un nacionalismo revolucionario, rebelde, romántico e idealista, aludiendo a un gran mito y a una idea transcendental que aspira a realizar en la realidad el Sueño Imposible, dar la luz de la sociedad del héroe y del Suprahombre, transformar y transfigurar el mundo. A nivel económico, para el fascismo son característicos, más que la fraternidad, los métodos socialistas o socialistas moderados, que someten los intereses económicos personales e individuales a los principios del bien de la nación, de la justicia. Y por fin, la mirada fascista sobre la cultura corresponde a la negativa radical del humanismo, de la mentalidad «demasiado humana», es decir de lo que son los «intelectuales». El fascista detesta a la especie intelectual. Ve allí a un burgués enmascarado, a un burgués presuntuoso, a un hablador y a un cobarde irresponsable. El fascista ama al mismo tiempo lo feroz, lo sobrehumano y lo angélico. Ama el frío y la tragedia, no quiere el calor y la comodidad. En otras palabras, al fascismo le gusta todo lo se enfrenta al «nacional-capitalismo». Lucha por la «dominación del idealismo nacional» (y no del «capital nacional»), y contra la burguesía y los intelectuales (y no para ésta o con éstos). La célebre frase de Mussolini define exactamente el pathos fascista: «¡en pie, Italia fascista y proletaria!».

«Fascista y proletario», tal es la orientación del fascismo. Obrero, heroico, combativo y creativo, idealista y futurista, una ideología que no tiene nada que ver con garantías de comodidad suplementaria estatal para los vendedores (aunque sean mil veces nacionales) y sinecuras para los intelectuales, parásitos sociales. Las figuras centrales del Estado fascista, la mitología fascista, son el campesino, el obrero y el soldado. Y, como símbolo superior de la lucha trágica con destino y con la entropía espacial, el jefe divino, el Duce, el Führer, el Suprahombre que realiza en su persona supra-individual (más que individual, como «suprahombre») la tensión extrema de la voluntad nacional hacia la gesta. Por cierto, en alguna parte en la periferia, hay también un sitio para el ciudadano tendero honrado y el profesor de universidad. Enarbolan también las insignias del partido y van a la fiesta de la reunión. Pero en la realidad fascista sus figuras se marchitan, están perdidos, retroceden al fondo. Ésta no para ellas y no es por ellos por quien se hace la revolución nacional.

En la historia, el fascismo puro e ideal fue realizado directamente. En la práctica, los problemas esenciales de la llegada al poder y de la ordenación económica obligaron a los líderes fascistas -Mussolini, Hitler, Franco, Salazar- a aliarse con los conservadores, el nacional-capitalismo de los grandes propietarios y de los jefes de los consorcios. Pero este compromiso acaba siempre lamentablemente para los regímenes fascistas. El anticomunismo fanático de Hitler, capitalismo germánico recalentado, le costó a Alemania la derrota en la guerra frente la URSS, y por creer en la honradez del rey (portavoz de los intereses de la alta burguesía), Mussolini fue entregado en 1943 por los renegados Badoglio y Ciano, metiendo al Duce en prisión y dejándolo así en los brazos abiertos de los estadounidenses.

Franco consigue mantenerse más tiempo pero al precio de concesiones a la Inglaterra liberal capitalista y a USA y al precio de negarse a sostener los regímenes ideológicos emparentados con los países del Eje. Además, Franco no era ningún verdadero fascista. El nacional-capitalismo es un virus interior del fascismo, su enemigo, la prenda de su degeneración y de su destrucción. El nacional-capitalismo no es de ninguna manera una característica esencial del fascismo, sino un elemento accidental y contradictorio con su estructura interior.

Así, y en nuestro caso, el del nacional-capitalismo ruso en desarrollo, la discusión no es sobre el fascismo, sino sobre intentar desfigurar por anticipado un avance inevitable. Podemos calificar tal pseudofascismo de «preventivo», de «anticipación». Hay que definirlo antes de que nazca y se refuerce seriamente en Rusia el fascismo, el fascismo original y real, el fascismo radicalmente revolucionario por venir. Los nacional-capitalistas son viejos jefes de partido acostumbrados a dominar y a humillar el pueblo, hechos luego unos «liberales-demócratas» por conformismo, pero cuando esta etapa está acabada comienzan también a afiliarse con celo a los grupos nacionales.

Es probable que los partitócratas, con los intelectuales serviles, una vez transformada en farsa la democracia, se reunieran para ensuciar y envenenar el nacionalismo que nacía en la sociedad. La esencia del fascismo: una nueva jerarquía, una nueva aristocracia. La novedad consiste en lo que la jerarquía es construida sobre principios claros, naturales y orgánicos: la superioridad, el honor, el coraje, el heroísmo. La vieja jerarquía, que aspira a mantenerse en la era del nacionalismo, como en otro tiempo, está fundada sobre facultades conformistas: la «flexibilidad», la «prudencia», el «gusto por las intrigas», la «adulación servil», etc. El conflicto evidente entre dos estilos, dos tipos humanos, dos sistemas de valores, es inevitable.

2. El socialismo ruso

Es completamente inapropiado calificar al fascismo de ideología de «extrema-derecha». Este fenómeno se identifica más exactamente con la fórmula paradójica de «Revolución Conservadora». Esta combinación de orientación cultural-política de «derecha» -el tradicionalismo, la fidelidad al suelo, las raíces, la ética nacional- con un programa económico de «izquierda» -justicia social, restricción de los elementos del mercado, liberación de «la esclavitud del porcentaje», prohibición de flujos bursátiles, monopolios y trustes, primacía del trabajo honrado-. Por analogía con el nacionalsocialismo, que se llama a menudo simplemente «socialismo alemán», podemos hablar del fascismo ruso como de un «socialismo ruso». La especificación étnica del término «socialismo» en el contexto dado tiene un sentido particular. La discusión se refiere a la formulación inicial de la doctrina social y económica, no teniendo como base dogmas abstractos y teniendo como base leyes racionalistas, pero teniendo como base principios concretos, espirituales, morales y culturales, que formaron orgánicamente a la nación como tal. El Socialismo Ruso: no los rusos para el socialismo, sino el socialismo para los rusos. A diferencia de los dogmas marxistas-leninistas rígidos, el socialismo nacional ruso viene de esta comprensión de la justicia social que es característica de nuestra nación, de nuestra tradición histórica, de nuestra ética económica. Tal socialismo será más campesino que proletario, más municipal y cooperativo que estatal, más regionalista que centralista; son las exigencias de la especificidad nacional rusa, que se reflejará en la doctrina, y no menos en la práctica.

3. El hombre nuevo

Este socialismo ruso será construido por un hombre nuevo, «un nuevo tipo de hombre, una nueva clase». La clase de los héroes y de los revolucionarios. Los restos de la nomenklatura del partido y su régimen deben perecer como víctimas de la revolución socialista. De la revolución nacional rusa. Los rusos se cansaron de la frescura, de la modernidad, del romanticismo auténtico, de la participación en un gran asunto. Todo lo que les es propuesto hoy es o bien arcaico (los nacionales-patriotas), o bien fastidioso y cínico (los liberales).

El baile y el ataque, la moda y el la agresión, el exceso y la disciplina, la voluntad y el gesto, el fanatismo y la ironía comenzarán a hervir entre los revolucionarios nacionales; jóvenes, malos, alegres, intrépidos, apasionados y sin fronteras. Para ellos, construir y destruir, gobernar y ejecutar las órdenes, limpiar de enemigos la nación y preocuparse tiernamente por los ancianos y los niños rusos. De un paso furioso y alegre, ellos alcanzarán la ciudad gastada, el Sistema que se pudre. Sí, tienen sed de Poder. Saben ordenar. Insuflarán la Vida en la sociedad, precipitarán al pueblo al proceso voluptuoso de la creación de la Histoira. Hombres nuevos. Por fin prudentes y valientes. Así, como hace falta. Percibiendo el mundo exterior como un desafío (según expresión de Golovin).

Ante la muerte, el escritor fascista francés Robert Brasillach pronunció una extraña profecía: «veo que al este, en Rusia, el fascismo vuelve a cabalgar, un fascismo inmenso y rojo».

Observe: no el nacional-capitalismo marchito, marrón-rosa, sino el alba deslumbrante de la nueva Revolución rusa, el fascismo inmenso, como nuestras tierras, y rojo, como nuestra sangre.

Extraído de "Templarios del proletariado", por Alexandre Douguine

martes, 31 de marzo de 2015

Nicola Bombacci, comunista en camisa negra

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Fascismo y comunismo no son parientes lejanos. En muy fácil y recurrente, el cruzar de ambas ideas a lo largo de la historia. Ambas ideas son hermanas, y eso iremos mostrando poco a poco. El propio Benito Mussolini fue una figura sobresaliente del marxismo italiano de su época, y uno de los fundadores del Fascismo, como él hay muchos ejemplos, aunque hoy nos acercaremos a la figura de Nicola Bombacci.
Bombacci es una figura que quiere ser olvidada por casi todos, pero muy especialmente por los marxistas. Se trata del fundador del Partido Comunista Italiano, y uno de los que murieron fusilados a la terminación de la Segunda Guerra Mundial, por Fascista.
El 24 de octubre de 1879, en la Romagna, Provincia de Forlí, a escasos kilómetros de Pedrappio, donde 4 años después nacería el fundador del fascismo, nace Bombacci. Por imposición paterna, ingresa muy joven en un seminario, pero lo abandona en cuanto muere su padre. En 1903, ingresa al anti clerical partido Socialista Italiano. Algo muy similar a lo que vive el Duce. Por su dedicación al partido llegará a ser Secretario General y diputado. Ahí conocerá a Benito Mussolini, que en aquel tiempo fue la promesa del Partido Socialista Italiano antes de tornarse nacional revolucionario.