sábado, 20 de agosto de 2016

Una década de la guerra de Israel y Hezbollah

Quedan las fechas, las emociones se desvanecen. Un rapero de nombre Rays Beck lanzó en aquel estío del 2006, estrenado con el frenesí de las emisiones televisivas del Mundial de fútbol, su estribillo musical Morir por las ideas, ya en plena guerra del Hizbulah con Israel. “Las ideas reclaman el famoso sacrificio –cantaba con su ronca voz–, morir por las ideas está bien, pero ¿por qué ideas?”. Sólo la literatura, el arte, pueden salvar las emociones efímeras.

Hizbulah capturó el 12 de julio del 2006 –los veranos siempre son propicios a las guerras en Oriente Medio– a dos soldados del ejército israelí de patrulla por el territorio disputado de Aint el Chab, en la frontera entre el Líbano y el Estado judío. Seis años antes el Tsahal había evacuado el territorio que había ocupado en el sur (1.000 kilómetros cuadrados), pero seguía ocupando el controvertido enclave de las granjas de Chaba, que el partido de Dios seguía reivindicando y cuya liberación le servía de pretexto para mantener las armas de la Resistencia. La guerra se prolongó treinta y tres días, hasta el 14 de agosto, cuando el Consejo de seguridad de la ONU aprobó la resolución 1701 que reforzaba y ampliaba el mandato del contingente militar de la Finul, en el que por vez primera participó España, desplegado a lo largo de la frontera libanesa en 1978. Su misión era el mantenimiento de la paz, y la consolidación del Estado libanés, para lo que establecía el desarme de todos los grupos guerrilleros presentes en la zona.

La aviación israelí fue implacable bombardeando no sólo territorios del sur del Líbano sino barrios chiíes de Beirut bajo dominio de Hizbulah. Con la destrucción de setenta y cinco puentes aislaron la región del sur de Beirut con el objetivo de reducir la resistencia de sus combatientes. Desde 1974, Israel y los países árabes ya no se combatían en los campos de batalla. La organización chií proiraní Hizbulah se convirtió en el único grupo paramilitar que seguía plantando cara al ejército judío, lo que suscitaba la admiración de poblaciones palestinas y árabes. El jeque Nasralah, su secretario general, alcanzó una inmensa popularidad, fue el héroe de la resistencia permanente contra el Estado de los judíos.

Los bombardeos en el sur y en los suburbios de Beirut provocaron el éxodo de centenares de miles de personas hacia zonas mas seguras, cristianas y suníes, en dirección a Siria, que les abrió de par en par su frontera. El bombardeo de Caná en agosto del 2006, que ya había sido atacada diez años antes, pese a que estaba amparada bajo la bandera azul de las Naciones Unidas, fue uno de sus episodios mas espectaculares.

Contaban entonces en los pueblos del sur que los guerrilleros de Hizbulah excavaron túneles, galerías, para guardar sus armas, y que desde hacía tiempo se preparaban para el combate. Decían que era como “un ejército de fantasmas” muy bien organizado, capaz de resistir prolongadamente a los israelíes. Sus hombres se desplazaron a las bases de los pueblos fronterizos como Bint Jbeil, una de sus encarnizadas batallas. Su culto al martirio exaltaba su lucha. Una motivación religiosa de la que estaban desprovistos los fedayines palestinos, que además no eran de esta tierra y que combatieron también durante lustros en el sur, con los soldados de Israel.

A pesar de los cerca de 2.000 muertos, entre guerrilleros y civiles –en total hubo 160 víctimas del lado israelí–, de la devastación de barrios de Beirut y de pueblos fronterizos, el jeque Nasralah proclamó la “victoria divina”. Pese a la superioridad militar y a su servicio de inteligencia, Israel no pudo percatarse de la fuerza de la guerrilla en el sur, que, sin ninguna ayuda procedente de Beirut, no se doblegó a sus poderosos ataques.

En el famoso informe de la comisión Winograd se puso de relieve la falta de proyecto político israelí, que influyó de algún modo sobre el debilitamiento del talante moral del ejército. En cambio la resistencia al servicio de un fin político, permitió a Hizbulah compensar la asimetría militar y la aplastante superioridad tecnológica de un ejército occidental.

Hizbulah fue coronado como glorioso héroe de la resistencia en los países árabes, empezando por la vecina Siria. Los dirigentes israelíes fracasaron al no conseguir arrancarle de cuajo de la república libanesa, donde sigue siendo su primera fuerza político-militar, bajo el amparo del Irán.

La pulsión de la guerra es profundamente humana. En pocos días, en horas contadas, este país vulnerable y, a la vez, rebosante de energía, quedó aislado del mundo, atrapado en un torbellino sangriento y destructor. Beirut nunca contó con refugios preparados ni sirenas que pudiesen advertir a sus habitantes de los ataques aéreos israelíes.

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