sábado, 20 de agosto de 2016

Madres en pie de paz y otras batallas de las kurdas

Cemile, Penham y Bedia, madres de guerrilleras kurdas, reivindican el papel de las milicias en la lucha contra el ISIS, al mismo tiempo que reclaman el fin de la violencia en su país, pues sienten que ellas ponen las muertas. Estrenamos sección con la fotoperiodista Judith Prat. En ‘Mapas y luciérnagas’, a través del retrato fotográfico de mujeres diversas, nos explicará sus historias y contextos.

Cemile Akgun en la sede de madres por la paz en Estambul / Foto de Judith Prat

Cemile sonríe orgullosa mientras se coloca el pañuelo y habla de su significado. El pañuelo blanco tiene una enorme simbología en la cultura kurda. Según nuestras tradiciones más antiguas y arraigadas, cuando había un conflicto entre clanes o familias, si una mujer salia de su casa con un pañuelo blanco en la cabeza, los disparos debían detenerse para que ella pudiera cruzar la calle.

En honor a esta tradición, las Madres por la Paz kurdas decidieron desde sus inicios en 1999 que su distintivo sería el pañuelo blanco como símbolo de la paz, aunque en la actualidad, dice Cemile, ya nadie respeta a una mujer que lleva un pañuelo blanco.

Dersim, el pueblo de Cemile, fue quemado y destruido por el ejército turco en 1994. A pesar de que el valle de Munzur no era una zona que apoyara mayoritariamente al PKK (Partido de los Trabajadores del Kurdistán), el Gobierno turco emprendió una campaña de tierra quemada en la que se destruyeron más del 80% de pueblos y aldeas de la zona. Cuentan cómo fueron quemados campos y cultivos e incendiados los bosques. Rápidamente, el fuego se propagó alimentado por los productos químicos que pulverizaban desde los helicópteros. Muchos hombres fueron detenidos, torturados y otros simplemente desaparecieron. Miles de familias quedaron repentinamente sin hogar.

Cemile recuerda el día en el que los militares entraron en su casa y torturaron a su marido delante de ella y de sus hijos. Después quemaron la casa, quemaron todo el pueblo. Su hija tenía entonces 12 años y decidió irse a las montañas a luchar en la guerrilla. Muchos jóvenes hicieron lo mismo en aquellos días y, empujados por la represión y la violencia, se unieron a la filas del PKK.

“Habíamos perdido todo -continua Cemile- no quedaba nada allí y tuvimos que huir a Estambul. Pero la mitad de mi corazón se quedó en las montañas. Es imposible describir el dolor de hacer esto. Mi hija se quedaba luchando por la causa kurda en las montañas y yo me alejaba de ella y me iba a vivir a Estambul con el resto de la familia. Nada puede ser más duro para una madre”.

Las historias de las Madres por la Paz son dramáticamente similares. Penham llegó a Estambul en 1993 después de que su pueblo fuera totalmente destruido y la mayoría de sus vecinos asesinados. Recuerda lo duro que fue llegar a una ciudad donde no conocía a nadie, donde no se hablaba su idioma, donde no tenía nada. Pero buscaba un futuro mejor y a pesar de que su familia tenía una larga tradición revolucionaria, ella pensaba que las armas que debían empuñar sus hijos eran un cuaderno y un bolígrafo. Su hija era una estudiante brillante y pronto se convirtió también en una respetada activista política. “Un día ella me dijo: mamá, soy una estudiante excepcional, pero no puedo hablar mi lengua; soy activista política, pero si doy mi opinión pueden matarme“. Con estas palabras comunicó a su madre que iba a unirse a las filas del PKK. En la actualidad se encuentra en Kobane luchando contra el ISIS.

Las Madres por la Paz kurdas hablan con orgullo de sus hijas, que luchan o “han dado la vida”, como ellas mismas dicen, por la supervivencia de su pueblo. “No son terroristas, son guerrilleros y guerrilleras que defienden nuestros derechos, nuestra identidad, nuestra propia existencia. Sin ellos, ya habríamos sido eliminados”, dice Bedia.

Cemile, Penham y Bedia reivindican el papel de las milicias kurdas en la lucha contra el ISIS en Irak, Siria o la propia frontera turca, al mismo tiempo que reclaman el fin de la violencia en su país, pues sienten que ellas ponen las muertas. No sólo abogan por el fin de la violencia sino que han desempeñado un papel esencial en el proceso de paz con Turquía, que se inició en 2013 y que Erdogan dio por finalizado en julio de 2015.

Pero el papel y la relevancia de las Madres por la Paz no puede entenderse aislado del movimiento feminista kurdo y del Congreso Kurdo de Mujeres Libres (KJA por sus siglas en kurdo). Mientras Occidente construye un relato casi romántico del papel militar de la mujer kurda en la lucha contra el ISIS, la realidad pone de manifiesto que su activa aportación en todos los ámbitos de la vida pública -también en el terreno militar- no es sino una deriva natural de un largo proceso de lucha por la igualdad.

Una de las más importantes contribuciones del movimiento de mujeres kurdas en toda Turquía ha sido el proceso de igualdad que a día de hoy está presente en todas las organizaciones civiles y políticas kurdas. La igualdad dentro del HDP (Partido democrático de los pueblos) es un ejemplo que trasciende el ámbito de la representatividad formal y se conforma como un motor de feminización de la acción sociopolítica. Algo que, como ellas bien conocen, no puede ser si no se aplica a todos los niveles institucionales y organizativos desde la más pequeña asamblea o institución local.

Quizá por ello la represión y la violencia del Estado contra las mujeres kurdas se sitúa a la altura de sus logros. Tanto el Congreso Kurdo de Mujeres libres como las Madres por la Paz, denuncian esta situación, fruto, según sus representantes, “del miedo que le da al poder que las mujeres se organicen y luchen”. Varias activistas han sido asesinadas en Estambul por la policía en la puerta de sus casas y delante de sus familias; a diario muchas otras son detenidas y golpeadas y en varias ocasiones se han exhibido los cuerpos desnudos de guerrilleras muertas.

Sin ir mas lejos, el 4 de enero de 2016 tres reconocidas activistas y políticas kurdas eran asesinadas por la policía en Silopi cuando abrieron fuego intenso durante horas sobre la población. Miembros del HDP aseguran que los cuerpos de Seve Demir, Pakize Nayir y Fatma Uyar mostraban signos de haber sido torturados. Estos asesinatos se enmarcan en la campaña de violencia desatada en el Kurdistan turco desde que el pasado 28 de julio de 2015 el Gobierno diera por finalizado el proceso de paz.

Apenas unos días después de esa fecha, varios alcaldes y representantes de ciudades y distritos kurdos hicieron declaraciones de autogobierno y la reacción del ejecutivo no se hizo esperar. 17 alcaldes y alcaldesas fueron detenidos y según el informe de 2015 de la Asociación de Derechos Humanos (IHD) de Turquía y la Fundación de Derechos Humanos (TIHV), un total de 1.299.061 personas fueron víctimas de los 52 toques de queda ordenados por el Gobierno desde el 16 de agosto al 12 de diciembre. En esta situación continúa en la actualidad el distrito de Sur en Diyarbakir y las ciudades de Cirze y Silopi, donde fueron asesinadas las tres activistas.

La violencia contra el pueblo kurdo y la violencia específica contra sus mujeres sufren destinos paralelos si bien es cierto que, según el KJA, hay una manera de actuar concreta para atacar, humillar y destruir a las mujeres que llega incluso al ámbito parlamentario,donde los intentos por ridiculizar a las diputadas kurdas son constantes por parte de los representantes de otros partidos. El hecho de que el 29 de julio del pasado año el viceprimer ministro Bulent Ariç, en el transcurso de una sesión del Parlamento, le dijera a la diputada del HDP Nursel Aydogan “cállate como debe hacer una mujer” pone de manifiesto las intenciones del actual ejecutivo, que busca limitar el papel de las mujeres en la sociedad al ámbito familiar y desenmascara su ideología patriarcal. Quizá sea ésta la explicación del incremento de la violencia machista en un 1500% desde la llegada al poder del AKP.

En Turquía, cada día 5 mujeres son asesinadas a manos de los hombres. Solo en el año 2015 fueron asesinadas 282 mujeres y 132 fueron violadas o sufrieron abusos sexuales.

Cemile, Penham y Bedia son conscientes de las terribles consecuencias de la violencia. Las han vivido muy de cerca como kurdas, como mujeres y como madres, y así las relatan, con toda su crudeza, cargadas del dolor de la perdida pero también de la serenidad de quien busca la paz y de quien mantiene la esperanza de conseguirla. Por eso y a pesar de todo reivindican la alegría, algo que resulta entrañable tras escuchar el relato de sus vidas.

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