jueves, 18 de junio de 2015

¿Cómo derrotar al Estado Islámico?



Hijo de la invasión de Iraq y de la guerra siria, el EI no es tanto un desafío ideológico como social y territorial | "Su estrategia es una locura, pero les ha ido bien", juzga un militar experto en yihadismo | Blindar la frontera entre Siria y Turquía debería ser el primer paso contra el EI | Se cree que Arabia Saudí, Qatar y los jeques que los financiaron ahora tienen miedo

La invasión de Iraq en el 2003 dejó una foto para el recuerdo: el estadounidense Paul Bremer recién llegado al aeropuerto de Bagdad en traje y corbata pero con unas botas militares color desierto, nuevas, completamente innecesarias para sus funciones de procónsul. Aquellas botas se hicieron célebres. El entonces subsecretario de Defensa, el halcón Paul Wolfowitz, fue retratado cuatro años después, siendo presidente del Banco Mundial, con tomates en los calcetines durante una visita a la mezquita de Edirne, en Turquía.

En la época de George W. Bush no faltaban absurdos de este tipo, quién sabe si resultado de no escuchar a buenos consejeros o debido a pura ignorancia. Así, la funesta decisión no solo de invadir Iraq sino de desmantelar el ejército iraquí, llevó a Al Qaeda a Iraq, donde nunca había estado antes. En lugar de apuntar a Arabia Saudí -de donde partieron los terroristas del 11S y que invertía, y sigue invirtiendo, millones en la difusión de la doctrina más reaccionaria del islam a beneficio del yihadismo-, Bush atacó Iraq. Nadie apenas niega hoy aquel error.

La prensa estadounidense ensalza ahora la figura del general Mike Nagata, que habría sido el único capaz de predecir los actuales desastres de Iraq, Siria e incluso Yemen. Meses después de que, en junio del 2014, los hijos de aquella Al Qaeda tomaran la ciudad iraquí de Mosul y anunciara el califato del Estado Islámico, Nagata, jefe de operaciones especiales en Oriente Medio y hoy responsable de entrenar tropas locales para combatir a los yihadistas, afirmaba desconocer la naturaleza y la fuente de poder de esta perturbadora amenaza.

Cabe suponer que en Washington y otras capitales se han puesto al día. Hay un torrente de libros sobre Estado Islámico (aunque solo unos pocos destacan) y persiste cierto debate sobre si es verdaderamente islámico o no lo es, sobre si en él predomina la ideología o algo más pragmático. Con su abrumadora capacidad mediática, su aparente riqueza –cientos de millones–, más de 30.000 hombres y un número de simpatizantes y potenciales terroristas en todo el mundo imposible de conocer, Estado Islámico (EI) ha alcanzado una dimensión global. Eso es lo que más preocupa, pero primeramente sus intereses son territoriales y concretos, en Iraq y en Siria. Y ese es el campo de batalla principal.

La resistencia iraquí a la ocupación de EE.UU. y sus aliados acabó caracterizada por Al Qaeda en Iraq, que mutaría en Estado Islámico de Iraq (ISI) y luego en Estado Islámico de Iraq y Siria (ISIS). El régimen de Bashar el Asad respaldó a unos milicianos que, desencadenada la guerra civil en Siria años después, cruzaron de vuelta la frontera. Se habían convertido en una nueva fuerza yihadista suní decidida a enfrentarse a los poderes “infieles” o “apóstatas” de los chiíes en Bagdad y los alauíes en Damasco. Tomaron una ciudad siria de tamaño mediano, Raqa, lejos de los principales frentes de combate, y desde allí regresaron de nuevo a Iraq, ocupando territorio con una facilidad sorprendente.

El 29 de junio se cumplirá un año del califato proclamado en Mosul después de que la segunda ciudad de Iraq fuera conquistada prácticamente sin pegar un tiro. El ISIS se renombraba Estado Islámico y su líder, Abu Bakr el Bagdadi, era elegido califa.

Para entonces, Gabriel Garroum, joven politólogo sirio-catalán, había investigado la forma en que estos yihadistas administraban Raqa –con sus instituciones, sus servicios sociales y su peculiar aparato de justicia– y fue uno de los primeros en afirmar que el EI no es un grupo terrorista sino una organización compleja con voluntad de conquistar y gobernar, y que es capaz de hacerlo allí donde todo ha sido destruido por la guerra o donde el Estado nunca ha llegado y si lo ha hecho ha sido como opresor.

“Estado Islámico no es un tema ideológico. Es un síntoma, una expresión de una población que cree que es la única manera de solucionar sus problemas –afirma Garroum–. La gente vio llegar un grupo más fuerte que los anteriores, que además es suní, capaz de solucionarlos. Hay que tener en cuenta que los suníes son periféricos en Iraq y Siria, y se sienten permanentemente alienados”.

“Desde la caída de Sadam Husein, Siria ha sido arrastrada por las circunstancias en Iraq”, opina el iraquí Waleed Saleh, doctor en estudios islámicos y profesor de lengua y literatura árabes en la Universidad Autónoma de Madrid. Las políticas de los gobiernos de Bagdad “agravaron las divisiones entre chiíes, suníes y kurdos, rompieron el tejido social y marginaron y despreciaron a los suníes. Al final, los suníes aceptaron cualquier opción, y a ella se unieron un número importante de oficiales y soldados iraquíes”.

Oficiales de aquel ejército desmantelado por EE.UU., antiguos miembros del partido Baas (laico, panarabista), han sido la base de Estado Islámico. Organizaron el desembarco en Siria, infiltrándose entre la población, tejiendo alianzas, eliminando rivales..., y fueron capaces de penetrar una ciudad de importante significación histórica y simbólica como Mosul.

Para Waleed Saleh, “en absoluto hay complicidad” entre ese trasfondo baasista, laico, y el discurso religioso de Estado Islámico. Simplemente, “se trata de un grupo terrorista que está utilizando la religión. Ellos se basan en textos muy antiguos, y desde el punto de vista teológico no son ignorantes. Utilizan a Ibn Taymiya como fuente principal”. Este radical del siglo VII, influyó decisivamente en Mohamed bin Abd al Wahab, como explica el profesor Saleh en su libro El ala radical del islam. Y Al Wahab fue el fundador de la rama extremista del sunismo –el wahabismo- que difunde Arabia Saudí por el mundo con miles de millones de dólares. Estado Islámico sigue la doctrina de Ibn Tamiya según la cual las doctrinas del islam distinta de la suya son el mayor enemigo, por encima incluso de los cristianos.

“Pero no creo que ellos crean -sentencia Saleh-. Hay una enorme contradicción entre lo que predican y sus actitudes. No cumplen las normas islámicas, acuden a lo más siniestro y lo aplican, que es cosa bien distinta. Ellos viven en el mundo moderno”.

La religión, y una inteligente campaña de propaganda y captación, ha servido para la increíble expansión del EI, que ha situado su guerra en el contexto de la pugna geopolítico-religiosa entre Arabia Saudí y sus vecinos suníes y el chií Irán, hoy con su escenario más nuevo en Yemen. Así, el periodista Patrick Cockburn, en ISIS, el retorno de la yihad, compara el conflicto de Oriente Medio con la guerra de los Treinta Años en Alemania (1618-1648), y a Estado Islámico, como movimiento extremista y totalitario, con los Jemeres Rojos en Camboya en el contexto de la guerra fría.

“Sin los extranjeros, la película sería muy distinta”, afirma el experto en yihadismo de la Escuela de Guerra del Ejército, el teniente coronel Manuel González. Sin la guerra siria, y sin los extranjeros, que cruzan la frontera turca con enorme facilidad, Estado Islámico se reduciría al ámbito iraquí. “Si las fronteras hubieran estado cerradas no estaríamos hablando de algo tan grande”, señala Javier Martín, autor de Estado Islámico, geopolítica del caos y delegado de la agencia Efe sucesivamente en El Cairo, Teherán, Jerusalén y Túnez.

Con estas facilidades, Estado Islámico se ha atrevido a luchar en dos frentes a la vez, Iraq y Siria, y eso le ha dado aún más relevancia. “Parecía una estrategia arriesgada, pero al final está dando resultado –juzga el teniente coronel González–. Les ha ido bien, practicando una guerra híbrida”, que combina guerra convencional, guerrilla, terrorismo... Sin embargo, una vez conseguido “el objetivo de conquistar territorio y ganar adeptos, la estrategia en Siria e Iraq está siendo un poco día a día, sin medios estables. Como estrategia militar es una especie de locura. Pero creo que tratan de ganar tiempo para crear un verdadero ejército, y se les ve cada vez más organizados”.

Javier Martín cree que el EI ha hecho todo lo posible por alejar los frentes de combate de Raqa y sobre todo Mosul. Pero su objetivo sigue siendo conquistar Bagdad, y también Damasco, ya que “para reconstruir el califato hacen falta las dos capitales”.

Persiste el rumor de que el califa Ibrahim podría estar malherido e incapacitado a consecuencia de un bombardeo en Iraq. Hay quien lo cree y hay quien no. Abu Bakr el Bagdadi, visto en público una sola vez, aquel 29 de junio, no es precisamente un personaje carismático, aunque sí tiene una formación teológica. Pero si falta él, no importa porque la idea del califato está por encima del califa. “Como se trata de la rama ortodoxa del islam, la suní, que no cree en el poder hereditario sino que el califa debe ser elegido por consenso, no hay gran problema para nombrar uno nuevo. A lo mejor no es alguien tan formado como Al Bagdadi, pero tampoco el EI está tan bien estructurado…”, explica Waleed Saleh.

La evolución desde Al Qaeda en Iraq hasta Estado Islámico fue un proceso jalonado por la muerte de sus sucesivos líderes en ataques selectivos. EE.UU. insiste en esta práctica, cuyo resultado siempre ha sido una cadena de relevos. Patrick Cockburn, que se declara “escéptico sobre las historias de líderes muertos en ataques aéreos”, dice que de todas formas “el liderazgo del EI es muy secreto”.

Según Gabriel Garroum, no obstante, “las muertes de líderes permiten que el EI vaya perdiendo raíz. A medida que pase el tiempo irá teniendo más problemas, menos capacidad para administrar. Ahora cobra menos impuestos -muy elevados, en casos como el transporte de mercancías- y practica más la extorsión” allí donde gobierna.

Estado Islámico, en este sentido, es más visible, concreto y terrenal que Al Qaeda, que nunca gobernó un territorio. Tendría por tanto que haber una estrategia más clara para combatirlo. “Si Estados Unidos no la tiene, debería tenerla –dice Manuel González–. Y si la tiene, no lo está demostrando y está supeditada a Irán, Turquía y Rusia. O quizás están siendo cautos en este sentido. Tampoco sabemos si hay conversaciones secretas con Irán”.

La agenda de EE.UU. respecto al EI es un misterio. Al retirar sus tropas, Obama dejó Iraq en manos de Irán, que según el analista Charles Lister, ha creado su “microestado” en el Iraq chií. Mientras Irán, con el legendario general Suleimani al frente, combate al EI –y de hecho a los suníes- por su cuenta, los norteamericanos y sus aliados bombardean tanto en Siria como en Iraq y encargan al general Nagata que entrene a no se sabe muy bien quién. La operación Amanecer, que agrupó a tribus suníes contra Al Qaeda en 2006-2008 acabó en una gran frustración por el maltrato que éstas sufrieron por parte del gobierno chií de Bagdad. Patrick Cockburn cree que “es demasiado tarde” para repetir algo así, “aunque vale la pena intentarlo”.

El Comité de Defensa de la Cámara de Representantes de Estados Unidos decidió el 27 de abril conceder, para el año 2016, 715 millones de dólares en ayuda militar a Iraq, entregando el 25% (179 millones) directamente, mitad y mitad, a los peshmerga kurdos y a una “guardia nacional” suní. En Bagdad, el clérigo Moqtada al Sadr replicó enseguida que si eso ocurre pondrá en pie su milicia contra Estados Unidos. No hay solución norteamericana a gusto de todos.

El panorama iraquí nunca había sido tan claro. El país está irremisiblemente dividido entre kurdos, chiíes y suníes. De hecho, Teherán, Bagdad, Washington y no digamos los kurdos, que administran libremente su territorio, están de acuerdo. Un federalismo, dice Javier Martín, sería la solución. El problema es el temor de Turquía a un gran Kurdistán, y el hecho de que los suníes están en manos de Estado Islámico.

En Siria se dibuja una situación parecida. Podría cumplirse la conocida predicción: los alauíes, recluidos en la costa y el resto, repartido entre suníes y kurdos.

“Degradar” a los yihadistas, como pretende Obama, solo sería posible –y es una opinión generalizada– blindando la frontera de Turquía, que es por donde les llegan los recursos, empezando por los voluntarios, no solo al EI sino también al Frente Al Nusra, la rama oficial de Al Qaeda en Siria. “El foco está puesto en Irán y Estado Islámico, pero nadie lo pone en Turquía –dice Martín–. Hay que pedirle responsabilidades”.

Turquía, Arabia Saudí y Qatar, que han rivalizado en el apoyo a las facciones en Siria, se están poniendo de acuerdo para colaborar frente a Estado Islámico. También se cree que los jeques extremistas del Golfo –de Kuwait, notoriamente, según señaló el Departamento del Tesoro de EE.UU.– que han estado financiando al EI y que invirtieron dinero en derrocar a Bashar el Asad, ahora tendrían miedo de las ambiciones estatales del nuevo yihadismo. Incluso, “en este momento, Qatar y Arabia Saudí, que ha sufrido un atentado en sus fronteras, están asustados”, afirma Waleed Saleh. La financiación por donativos es relativamente pequeña en comparación con los ingresos por la venta clandestina de petróleo –cuyo acceso el EI trata a toda costa de asegurarse– por los beneficios del saqueo, los impuestos y las exacciones, pero acabar con esa fuente podría suponer un cambio.

Cerrar las fronteras, cortar la financiación, atender a las necesidades de la población suní. Eso podría ser el principio del fin de un Estado Islámico que, afirma Gabriel Garroum, “está destinado a ir contracorriente”. “Es posible que acabe siendo como el Waziristán, entre Afganistán y Pakistán, un lugar sin ley al que las capitales no pueden llegar. Se reduciría a un territorio entre Siria e Iraq, menor del que ahora ocupa, quizás con menos estado y más milicia”. Es algo que “perfectamente puede pasar”, apunta el teniente coronel González. “Pero eso se producirá solo si hay un plan integral, contra ellos”, advierte Garroum. “Estados Unidos, los europeos y sus aliados..., Turquía, Arabia Saudí, Qatar, Kuwait y los Emiratos crearon las condiciones para el surgimiento” del EI, afirma Patrick Cockburn. Ahora Estado Islámico “se ha creado gran cantidad de enemigos, pero son muy ineficientes porque están desunidos, no hay unidad de propósito; así que no veo la manera de acabar” con él.

Patrick Skinner, exagente de la CIA y miembro del observatorio The Soufan Group, que divulgó el primer estudio de la cúpula de Estado Islámico, cree que este “va a perder territorio, va a perder soldados, pero la forma en que va a permanecer es adoctrinando niños”.

Esto es un hecho, y el EI lo está difundiendo con imágenes que van de lo idílico (escuelas, campamentos de recreo) a lo atroz (niños disparando a prisioneros). “Esa propaganda no es solo un acto de megalomanía por su parte –dice Garroum–. Hay personas que ya están naciendo en este sistema de socialización. Se empieza a crear una realidad social que es imposible de abordar, viene de lejos y va lejos...”



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