martes, 12 de mayo de 2015

Recordando agosto de 1991

Barricadas cerca de la sede del Sóviet Supremo (Parlamento) de la URSS durante la intentona golpista de 1991

"Apuntaban contra el comunismo pero dieron a Rusia"
Alexander Zinóviev
— No seremos más que tres, uno de ellos herido, además de un niño —prosiguió Athos-
y no por eso dejarán de decir que éramos cuatro hombres.
— ¡Sí, pero retroceder…! — dijo Porthos.
— Es difícil — añadió Athos.
Alejandro Dumas "Los tres mosqueteros"

Qué hay detrás de la tesis sobre el fin de la historia 

En agosto de 1991, según el filósofo e ideólogo estadounidense Francis Fukuyama, la historia de la humanidad concluyó al alcanzar la última y superior, fase del desarrollo de la comunidad humana, el triunfo global de la democracia liberal. Fukuyama lo escribió en 1992. Ya hemos hablado de la verdadera naturaleza de la democracia en el artículo anterior. Ahora hablemos de algo  más importante, del poder. Ya que la democracia es sólo una forma de organización del poder y, al mismo tiempo, uno de los modos de su realización. Si la democracia global dirigida es una forma de organización del poder, ¿cómo es el poder global hoy en día?


¿Qué sucedió realmente en agosto de 1991?

En agosto de 1991 nos convertimos a una nueva religión laica (con sacrificios humanos, como Dios manda), aceptamos la fe en la democracia renunciando a la fe laica en el comunismo sin darnos cuenta de qué aceptamos junto a esta nueva fe. Toda la humanidad "civilizada" nos convencía de renunciar al comunismo y nos prometía gozo y felicidad en la nueva "casa común", de la que tanto le gustaba hablar a Mijaíl Gorbachov. En realidad, en el momento en el que perdimos la Guerra Fría, tuvo lugar una transformación global del orden mundial y del poder global. La "casa común" fue construida pero no la que se imaginaba uno de los dirigentes más mediocres de nuestro país. La "casa" tenía su propietario y los habitantes de la casa estaban de acuerdo. Todas las instituciones del llamado mundo bipolar, que servían de herramientas para solucionar las contradicciones de dos centros mundiales de poder, se convirtieron, casi en un abrir y cerrar de ojos (desde la perspectiva histórica), en herramientas para que el único centro de poder que quedaba, EEUU, ejerciese su hegemonía mundial. Todas las instituciones a nivel mundial (incluida la ONU) se empezaron a usar con este fin, y si en algún caso eso resultaba imposible, se les hacía caso omiso. El dueño es dueño porque es libre para elegir los métodos. Al principio, tal estado de cosas se callaba y se ocultaba. Pero a principios de los años 2000 se descubrió el pastel. Cuando Vladimir Putin, en 2005, calificó la desintegración de la URSS como "gran catástrofe geopolítica del siglo XX", tuvimos que entender que no se trataba sólo de millones de personas que, de repente, se habían quedado sin patria, sino, en primer lugar, del fiasco del sistema político mundial como un sistema de mantenimiento de la paz y prevención de la guerra construido a costa de sufrimientos de la humanidad en las dos guerras más desastrosas de su historia.

El concepto ruso de democracia soberana representó el primero, e insuficiente (como resulta evidente ahora), intento de reflexionar sobre la situación y dar una  "tímida" respuesta.  Ahora ya no nos hacemos ilusiones, ya nos explicaron con pelos y señales que la democracia soberana es imposible. La democracia es sólo una especie de religión del nuevo orden mundial en el que sólo hay un único soberano para todo el mundo, y cualquiera que se atreva a ponerse en su camino hacia el ejercicio de su soberanía mundial deberá ser eliminado. "Cartago debe ser destruida". Nada nuevo. Este es el auténtico contenido del fin de la historia en la versión europea, y esto lo calló, pudoroso, el señor Fukuyama. La historia europea concluyó porque la hegemonía mundial de un país ya está establecida o, para ser más exactos, en 1992 se creía que nada más, después de la desaparición de la URSS, impediría su establecimiento y realización.

El dominio mundial es una idea clave en la civilización europea

El objetivo final de la historia, para la mentalidad europea, es el dominio mundial. Ninguna otra cosa, desde los tiempos de Aristóteles y Alejandro Magno, realmente interesó a los europeos.  Extender su poder hasta los límites del Universo: este es el genuino objetivo histórico con el que Aristóteles armó al rey de Macedonia y, con él, a toda la civilización europea. El Imperio de Alejandro Magno, el Imperio romano, los imperios católicos del Medievo, Napoleón, el Imperio británico, Hitler… Ahora EEUU. Para ser justos, el comunismo ruso también se planteó, por un tiempo corto, la meta de extenderse por todo el mundo. Importamos de Europa Occidental la idea de construir un mundo comunista común (que gobernaríamos como los líderes de la construcción del comunismo) junto con la propia ideología del comunismo. De facto, ya Stalin renunció a ella para los finales de los años 1930 y de iure,  el abandono de la idea del dominio comunista mundial se quedó plasmado tras la Segunda Guerra Mundial, en la teoría de la coexistencia pacífica entre dos sistemas opuestos y en el Acta Final de Helsinki.

En el curso de su historia Rusia impidió en dos ocasiones la realización de los proyectos del dominio mundial: detuvimos a Napoleón y a Hitler. Gracias a Rusia, los planes de conquistar el mundo de los franceses y de los alemanes resultaron frustrados, aunque estas naciones habían sometido a toda Europa. Por cierto, en la guerra contra Rusia tanto Napoleón como Hitler apostaban por que los propios rusos derribaran el poder, para ellos mismos odioso, en su país. Napoleón confiaba en que lo hicieran los siervos de la gleba y la nobleza francoparlante y amante de todo lo europeo, a los que él, según estaba convencido, llevaba "la constitución y la libertad". Hitler pensaba que lo harían todos los ofendidos por el régimen soviético y por Stalin: desde los oficiales exiliados del ejército zarista hasta los represaliados en el Gulag. Pero estos cálculos no se realizaron. El actual proyecto estadounidense del dominio mundial se extendió no sólo a toda Europa sino a casi todo el mundo. Que Rusia, como un país que se resiste,  debe ser, como Cartago, destruida es algo que comparten los líderes occidentales. Los estadounidenses, igual que Napoleón y Hitler, cuentan con que, en esta guerra contra Rusia, los propios rusos "se sacudan de encima el detestable régimen de Putin". Les gustaría que Rusia no existiera. Que se queden en su lugar un par de países dirigidos desde fuera y se limiten a suministrar materias primas al mundo "civilizado". En el tiempo libre tras el trabajo los rusos que hayan sobrevivido podrán tocar la balalaika, beber el vodka y criar osos. Como espectáculo etnográfico. Los tártaros también podrán montar a caballo libremente y los yakutos ir a cazar.

Ya nos dejamos engañar una vez, en agosto de 1991. Estábamos ansiosos de ingresar en el mundo unido de la democracia liberal, tampoco la alternativa que ofrecían los protagonistas del Intento de Golpe de Estado contra Mijaíl Gorbachov parecía viable. Nadie salió a defender a los golpistas porque nadie quería identificar a estas personas débiles e incompetentes con el futuro de su país. Entonces nos exigían que renunciáramos al comunismo, ahora exigirán que renunciemos a Putin. Derrocadle y seréis felices. ¿Nos enseñó algo a nosotros, como nación, agosto de 1991? Es obvio que Putin es muy distinto a Gorbachov. ¿Es distinto también a los golpistas? Nos obligarán a averiguarlo en breve. El discurso popular de que Rusia se quedó sola ante la comunidad internacional no vale un comino porque desde hace 23 años no existe ninguna comunidad internacional. Existe el mundo estadounidense y algunos países que se le oponen. Podemos resignarnos, desde luego, no en vano está de moda pensar que si nos hubiéramos resignado ante Hitler ahora estaríamos tomando cerveza alemana. Y si no os gusta Hitler, nos podíamos haber resignado ante Napoleón y ahora comeríamos croissants, como en el mismísimo París.

No conquistados, entonces no civilizados

Para el mundo occidental seguimos siendo unos bárbaros incivilizados. Y no tiene nada que ver con la cultura. Nuestra cultura es europea por excelencia. La asimilamos casi entera, incluida la filosofía, excepto el catolicismo. Por nuestra propia buena voluntad. Cuanto antes dejemos de buscar una falsa identidad cultural específica, por ejemplo, en el eurasismo, mejor. Este fenómeno cultural no existe, es un espejismo. Y es muy importante no engañarse. Y también es importante que no se confunda la cultura y la civilización. Nuestra cultura es europea por excelencia pero la civilización es rusa. Aquí no hay ninguna contradicción ya que la cultura es una sustancia de normas y ejemplos, global y común para todo el mundo, mientras que la civilización es el método local de la realización de las normas culturales en cierto orden jerárquico o heterárquico. Son pocas las civilizaciones que enriquecen la cultura a través de la reflexión sobre las formas de su organización. La civilización soviética, por ejemplo, sí que lo hizo. La civilización es una forma concreta de la vida de una sociedad organizada mediante el poder. Esto lo tenían claro ya los griegos antiguos. La civilización es el poder, no la cultura. Seremos civilizados para Occidente sólo si nos sometemos por completo a su poder. Aunque como gentes conquistados siempre perteneceremos a una categoría inferior. Hasta ahora nadie ha sido capaz de conquistarnos, entonces tampoco civilizarnos. Siempre hemos tomado de la cultura mundial lo que necesitábamos y hemos experimentado probándolo en nuestro suelo y en nuestra propia piel. Con mayor o menor éxito. Pero es por eso que hemos vivido la historia y la hemos creado. Este es el significado histórico de la existencia de grandes comunidades humanas. La nación, incapaz de experimentar con la cultura y la civilización o, peor aún, de defender su derecho a hacerlo, desaparecerá inevitablemente como sujeto histórico-cultural. Y será el fin de su historia. Las naciones llegan a él por separado. Fukuyama estaba equivocado.

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