jueves, 16 de julio de 2015

Yemen, la última catástrofe humanitaria del mundo y cómo Gran Bretaña ayudó a crearla



Gran Bretaña ha contribuido de forma activa a la creación de un desastre humanitario en el Yemen y ha ayudado potencialmente a convertir el Estado más pobre del Oriente Medio en la nueva Siria. No se trata de retórica, no es una hipérbole, sino un hecho flagrante. Dejaré que otros expliquen el silencio, prácticamente absoluto, que sobre esta cuestión han exhibido todos los medios británicos y todo el espectro político. De momento, será sencillamente suficiente con que cuente la historia.

Esta [pasada] semana, la ONU declaró su nivel más alto de emergencia humanitaria en el Yemen, con más de 21,1 millones de personas (alrededor del 80% de la población) en necesidad de ayuda; 9,4 millones con escaso o ningún acceso al agua y 13 millones enfrentados a una “crisis de seguridad alimentaria” mientras el país se balancea al borde del hambre. Hace dos semanas, la Organización Mundial de la Salud confirmó un brote de la potencialmente letal fiebre del dengue como consecuencia del colapso general del Estado, de las infraestructuras civiles y de los servicios sanitarios, con más de 3.000 casos registrados desde el mes de marzo. La cifra total de personas internamente desplazadas llega ya al millón, con un cuarto de millón más de refugiados en el exterior.

Las agencias de la ayuda humanitaria están culpando de la situación sobre todo a la coalición liderada por Arabia Saudí, que incluye a sus homólogos de Qatar, los EAU y Egipto, con el apoyo de EEUU y el Reino Unido, cuya campaña aérea y bloqueo naval han empeorado terriblemente la situación en un país ya desesperadamente empobrecido. El ataque empezó a finales de marzo, cuando los saudíes y sus aliados se situaron en un conflicto civil del lado del presidente Abd Rabbuh Mansur Hadi contra el norteño movimiento rebelde de los huthies. El típico caso de los Estados árabes más ricos uniendo fuerzas para bombardear y matar de hambre a los más pobres con la ayuda de dos de los países más ricos y poderosos del mundo.

Desde el comienzo, Whitehall prometió apoyar a los saudíes “ de todas las maneras prácticas posibles excepto involucrándose en los combates”. Esto se ha traducido en el apoyo regular logístico y técnico a la fuerza aérea saudí (que opera al menos con el doble de aviones, construidos en el Reino Unido, que la Royal Air Force), así como el continuado suministro de municiones , a la vez que los oficiales de enlace de la Royal Navy trabajan con sus homólogos saudíes en el refuerzo del bloqueo.

Los informes de los medios de comunicación ofrecen de vez en cuando insinuaciones anónimas de que los británicos han estado instando a la moderación a los saudíes, pero el valor de relaciones públicas de todo eso es bastante limitado dado el apoyo material que continúa facilitándose independientemente el coste humano. El reciente anuncio de una donación británica por valor de 40 millones de libras tras el llamamiento humanitario que la ONU hizo de 1.600 millones de dólares para el Yemen, fue prácticamente un insulto. Una gota en el océano de lo más necesario para remediar un desastre que desde Whitehall se había ayudado a crear.


La cifra oficial de víctimas desde marzo sobrepasa ya las 3.000 , superando las del conflicto de Gaza del pasado verano, aunque en un país como el Yemen, con zonas tan remotas e inaccesibles, la verdadera cifra bien pudiera ser más alta. En los primeros días de la guerra, Amnistía Internacional acusó a las fuerzas lideradas por Arabia Saudí de “hacer la vista gorda ante el sufrimiento y las muertes de civiles ” tras los ataques aéreos contra una fábrica y un campo de refugiados en los que murieron asesinadas alrededor de 80 personas. A primeros de mayo, Human Rights Watch había identificado “pruebas fiables” de que los saudíes estaban utilizando las prohibidas bombas de racimo , que plantean una amenaza de larga duración e inherentemente indiscriminada para los civiles.

La semana pasada, tanto Human Rights Watch como Amnistía Internacional publicaron sendos informes acusando a las fuerzas lideradas por los saudíes de perpetrar ataques aéreos sobre objetivos civiles que equivalían a potenciales crímenes de guerra. Los paralelos con otros actos religiosos fundamentalistas asesinando y aterrorizando a los civiles de la región no terminan aquí. La arqueóloga Lamya Jalidi ha acusado a los saudíes de atacar deliberadamente la rica diversidad de lugares históricos de incalculable valor del Yemen en una campaña de “vandalismo” que es “difícil diferenciar de los actos del Estado Islámico” en Iraq y Siria.

Como tantos otros países por todo el Oriente Medio, Yemen fue escenario de protestas masivas desde principios de 2011, desencadenadas tanto por la represión política como por las graves penalidades económicas padecidas por su población. Los saudíes y sus aliados del Golfo se dispusieron a desactivar la situación mientras preservaban el orden existente maquinando la sustitución del presidente Ali Abdullah Saleh por Hadi, su adjunto, quien posteriormente se presentó sin oposición para una corta presidencia que expiró oficialmente el año pasado.

El fracaso del proceso de transición a la hora de abordar los problemas profundamente arraigados del país impulsó a los huthies a desplazarse a la capital, aliándose con las fuerzas que aún eran leales a Saleh.

Lo que Yemen hubiera necesitado en ese momento era un acuerdo negociado que hubiera impedido el descenso a la violencia. En cambio, Gran Bretaña, junto con otros miembros del Consejo de Seguridad de la ONU aprobaron una resolución muy sesgada que apoyaba la intervención saudí, como si los monarcas de la península Arábiga fueron protectores y parteras creíbles de la transición del Yemen a la democracia y sólo tuvieran en su corazón la búsqueda de lo mejor para su pueblo.

La guerra de los saudíes sólo ha conseguido una escalada de la violencia y una mayor inestabilidad, convirtiendo la paz negociado en un proyecto cada vez más lejano. Al igual que sucedió con Siria, la implicación de actores internacionales utilizando los problemas del Yemen como campo de batalla para sus propias agendas y rivalidades geopolíticas ha echado más leña al fuego y ayudado a expandir un espacio de anarquía que los extremistas de al-Qaida y ahora del Estado Islámico se han apresurado a llenar.
En aras a mantener su alianza estratégica a largo plazo con Riad y a proteger su inversión en un orden regional conservador, Londres no sólo ha ayudado a crear un desastre humanitario en el Yemen sino que también ha facilitado un giro alarmantemente agresivo en la política exterior del nuevo rey saudí. La destrucción del Yemen es de muchas formas un mensaje del rey Salman a Irán, cuyo apoyo a los huthies ha sido verdaderamente exagerado por un régimen saudí cada vez más paranoico.

La rivalidad entre Riad-Teherán tiene que ver sobre todo con poder regional, no con religión, pero ahora es ya inevitable que estén avanzando tanto en un sentido violento como explícitamente sectario. Al apoyar la guerra de los saudíes contra el Yemen, Gran Bretaña está ayudando a que tanto el país como la región en general se hundan cada vez más profundamente en el abismo.

Desde la atrocidad de la pasada semana en un enclave turístico costero en Túnez, políticos y comentaristas han estado discutiendo sobre cómo el Estado británico podría abordar mejor el problema del terrorismo en Oriente Medio. Bien, se me ocurre una sugerencia: Dejen de alimentarlo, dejen de participar en él.


David Wearing es investigador en la Escuela de Estudios Orientales y Africanos de la Universidad de Londres, donde imparte cursos sobre Política de Oriente Medio y Economía Política Internacional. Forma parte del comité ejecutivo de la Campaña Contra el Comercio de Armamento.


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