domingo, 24 de julio de 2016

El golpe de Estado que ha dado Erdogan


El presidente de Turquía, Recep Tayyip Erdogan, es el principal beneficiario del fallido golpe de Estado perpetrado el 15 de julio.

Después de más de seis horas de incertidumbre, tensión y violencia, el jefe del Estado recuperó el control del país, gracias al apoyo del pueblo que reaccionó proactivamente a su llamamiento en defensa de la ley y el orden. Erdogan pasó momentos muy complicados, y probablemente hasta quizás estuvo en peligro su integridad física cuando regresaba de su lugar de vacaciones.

Pero ahora, reforzada su autoridad, ha puesto en marcha una purga masiva y despiadada que no solo tiene como objetivo a los militares golpistas sino también a los fiscales y jueces considerados rebeldes. De la "caza de brujas" no se han salvado ni los funcionarios del Ministerio de Educación. El Ejecutivo de Ankara ha despedido a 15.200 empleados de ese departamento. Y lo mismo está haciendo con los decanos de las universidades. La cifra total de detenidos, imputados y represaliados llega a las 30.000 personas.

Resulta obligatorio partir de la base de que el golpe era inaceptable, irresponsable e insensato a todas luces. Ha costado la vida de más de 250 personas, entre civiles, policías y militares. De haber triunfado, las consecuencias habrían sido imprevisibles no solo para Turquía sino para toda la región pues habría ocasionado efectos insospechados en la lucha armada en Siria e Irak contra el movimiento terrorista Daesh.

Sin embargo, la venganza que aplica Erdogan tampoco es una buena medicina, sobre todo porque la depuración está afectando a toda aquella parte de la sociedad civil de Turquía que está relacionada de alguna u otra forma con el movimiento religioso Hizmet ("el servicio" en turco), una "poderosa cofradía trasnacional dedicada a la formación de jóvenes", según afirma el experto en Turquía, Manuel Martorell. Como el Opus Dei, la institución católica fundada por Josemaría Escrivá de Balaguer, la estrategia de Hizmet consiste "en la captación de élites y cuadros para aumentar su incidencia social", añade Martorell. De esa forma y durante cuatro décadas, el movimiento religioso ha conseguido penetrar por capilaridad en todas las estructuras del Estado, incluidos los medios de comunicación y las Fuerzas Armadas.

El líder absoluto de la cofradía se llama Fethullah Gulen, un teólogo musulmán moderado pero intrigante, exiliado desde 1999 en Estados Unidos, proisraelí y contrario a la intervención turca en Siria. Fue mentor de Erdogan cuando este era alcalde de Estambul y su alianza se prolongó hasta 2013, cuando sus ansias de poder les enemistaron definitivamente. Ahora el presidente turco le considera el cabecilla del grupo terrorista. El propio Gulen, que ha condenado el levantamiento y se enfrenta a una petición de extradición, dice que la asonada pudo ser fingida. ¿Está en lo cierto?

Sea cual sea la respuesta, Erdogan no ha utilizado el fracasado golpe militar para unir al país, sino para consolidar su poder, lo que fomentará la polarización existente y agudizará el riesgo de una guerra civil. El dirigente debe entender que la gente salió a la calle no para defenderle a él, sino para proteger el orden constitucional. ¿Por qué? Porque el pueblo está cansado del pasado papel arbitrario de las Fuerzas Armadas que ya han dado al menos cuatro golpes de Estado desde 1960.

A modo de revancha, el presidente turco está perpetrando una especie de golpe de Estado civil. Las imágenes de los blindados arrollando coches y personas o los cazas atacando con proyectiles el Palacio Presidencial en Ankara le han servido de excelente pretexto para reforzar su deriva autoritaria. Con la excusa de que las masas exigen ahora que los traidores sean ejecutados, Erdogan pretende incluso recuperar la pena capital, abolida en 2004. Eso significaría romper el proceso de adhesión a la Unión Europea, pues la ausencia de la pena de muerte representa un elemento esencial dentro del código penal comunitario.

Sin dejar el plano exterior, Erdogan parece también dispuesto a tensar aún más las relaciones diplomáticas con EEUU al haber autorizado declaraciones que son hostiles a la Casa Blanca, pues algún ministro suyo ya acusó a Washington de haber apoyado a los sediciosos. Lo cierto es que resulta sospechoso el retardo de la OTAN en repudiar públicamente la intentona. En los primeros momentos, la respuesta del secretario de Estado, John Kerry, fue demasiado vaga, apoyando la "estabilidad, paz y continuidad". Y cuando salió el presidente Barack Obama, la revuelta ya parecía controlada.
Pero, ¿quién estaba detrás de la rebelión? ¿Hasta qué punto han estado implicados oficiales 'gulenistas'? Ese es otro detalle que incrimina a Erdogan, porque acusó a Gulen y su círculo de colaboradores sin dilación ni dudas, como si ya supiera de antemano que realmente ellos habían estado relacionados. ¿Les tendió una trampa?

Los hechos puros y duros dicen que Akin Ozturk, excomandante de la Fuerza Aérea, reconoció a la agencia semioficial turca Anadolu que tenía intenciones golpistas, pero luego el general se retractó y declaró que no había participado y que incluso había intentado detener la sublevación. Lo cierto es que su cara mostraba signos de golpes cuando apareció en televisión. ¿Fue acaso su confesión fruto de la tortura? Otro elemento reseñable es el tono claramente kemalista —es decir, laico y no islamista— del pronunciamiento que los amotinados obligaron a leer a punta de pistola a un locutor de la televisión pública.

En resumen, la virulenta actitud de Erdogan contra sus enemigos reales e imaginarios solo va a fracturar más a la sociedad turca, lo que dará más oportunidades a Daesh de causar terror y muerte.

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