lunes, 26 de enero de 2015

¿Un futuro negro para Arabia Saudí?

La gerontocracia saudí vacila. El rey Abdulá de Arabia Saudí, de 90 años, murió el viernes 22 de enero tras ser hospitalizado el 31 de diciembre por una neumonía (aunque algunas fuentes hablaron de un cáncer de pulmón). La degradación de su estado había sido clara. Él había sufrido numerosas operaciones en los últimos años y necesitaba un tubo para respirar, lo que inevitablemente relanzó el debate sobre su sucesión en un momento en el que Arabia Saudí comenzaba a estar directamente amenazada por el crecimiento del Estado Islámico.

El príncipe heredero, Salmán ben Abdul Aziz, hermanastro del monarca y de 79 años de edad, le ha sucedido.

A diferencia de las monarquías clásicas, donde el trono se transmite de padres a hijos, en el reino saudí pasa a un hermano de la misma generación, según un orden preestablecido. Cuando el último hermano de una generación fallece, la sucesión pasa a la siguiente. “Cada transición generacional da lugar a luchas intestinas encarnizadas donde el príncipe más fuerte se impone”, señala el especialista Nabil Mouline, de la Universidad de Standford.

Tras su muerte en 1953, Abdul Aziz al Saúd, el primer rey del estado saudí, dejó atrás unos cincuenta hijos con la treintena de mujeres que llegó a tener. Seis de ellos -Saúd, Faisal, Jalid, Fahd, Abdulá y ahora Salman- le han sucedido hasta ahora. Para que los otros hermanos no se sintieran menospreciados, la familia Al Saúd puso en marcha un mecanismo horizontal de reparto del poder. “Cada principe tiene un feudo y trata de obtener el máximo posible de recursos a fin de obtener el mayor poder posible”.

Los más grandes príncipes se reúnen alrededor de facciones que reagrupan a personalidades influyentes del reino -ulemas, burócratas, hombres de negocios e intelectuales-. En la actualidad, los dos grupos más grandes son la facción del fallecido rey Abdulá -sus hijos, sus hermanastros y sus clientes- y la de los Sudairis, que son siete hermanos de la misma madre, reunidos alrededor del príncipe Salmán. Los dos grupos libran una lucha sin piedad. Cada facción juega su propia diplomacia en el extranjero para ganar poder en el plano interno”, señala Mouline. “La naturaleza misma del poder saudí impide que el país juegue el papel regional que le confieren su talla y sus recursos”. La multiplicación de los centros de decisión daña considerablemente la diplomacia del país. La crisis siria es el ejemplo perfecto.

Aunque oficialmente apoya a la oposición externa siria, Arabia Saudí financia también a ciertos grupos yihadistas, incluyendo los más radicales como el Estado Islámico y el Frente al Nusra, debido al deseo de algunos príncipes. Se trata de una política incendiaria que se ha vuelto hoy en día contra la propia Arabia Saudí, que se ha convertido en un blanco del EI. El 5 de enero, un atentado suicida del EI mató a un general saudí y dos guardias fronterizos junto a la frontera con Iraq.

En el plano internacional, Arabia Saudí mantiene una guerra fría con Irán. En Iraq, en Siria, en Yemen o incluso en Bahrein, el régimen saudí combate a los shiíes, que constituyen el 15% de su propia población y que realiza protestas continuas en la Provincia del Este del país.

Aunque es fuente de recursos para el país, el petróleo es también su talón de Aquiles. Hasta hoy, la alianza “petróleo a cambio de protección” entre Washington y Riad, sellada en 1945 por el pacto de Quincy, garantizaba la seguridad del reino. Sin embargo, esta entente ya sido puesta en cuestión por las enormes reservas de gas de esquisto en EEUU. La entrada de este producto en el mercado estadounidense explica en parte la caída vertiginosa de los precios del crudo. Arabia Saudí prevé un déficit financiero de 38.600 millones de dólares para el año 2015.

Aunque las formidables reservas saudíes (alrededor de 800.000 millones de dólares) proporcionan enormes recursos al país, una crisis prolongada amenazaría el pacto social saudí (rentas petrolíferas a cambio de paz social). Contrariamente a Qatar o Emiratos Árabes Unidos, Arabia Saudí es un país fuertemente poblado (21,3 millones de saudíes), joven (el 47% de la población tiene menos de 25 años) y con un alto porcentaje de paro (el 25%).

Una bomba social que la gerontocracia saudí no puede permitirse ignorar. Sin embargo, la edad avanzada de los dirigentes -Salmán tiene 79 años y Muqrin 69- y sobre todo la lucha encargnizada que existe tras el telón por parte de la masa de nietos de la tercera generación permite albergar dudas sobre la capacidad del reino para afrontar los desafíos.

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