martes, 6 de enero de 2015

50.000 personas han desaparecido en la guerra siria


Un hombre traslada un cuerpo tras un ataque aéreo en el barrio damasceno de Duma, el 27 de diciembre. / BASSAM KHABIEH (REUTERS)

Allá donde reina el caos, los señores de la guerra hacen de la vida un negocio. Al menos 50.000 personas permanecen desparecidas en Siria. Alarmantes cifras que han llevado a miles de familias de ambos bandos a la tortuosa búsqueda de sus seres queridos en medio de la guerra. “Nos llevaron a un campo, abrieron un pozo y pusieron a un joven de rodillas. Le cortaron el cuello. Su cuerpo cayó al pozo empujado por la suela del verdugo. Aunque viviera 200 años, jamás podré olvidar el olor a muerte y descomposición que brotaba de aquel agujero. Aún me despierto por las noches con ese hedor en la nariz”, rememora Wisam Sakur, de 36 años, que logró escapar con vida tras 10 meses de cautiverio en el que sus familiares no cesaron de buscarle.

Su carné de identidad fue su condena. Oriundo de la aldea Qardaha, en Latakia, cuna de la familia del presidente Bachar el Asad, sus captores vieron en él una moneda de cambio para recuperar a rebeldes presos de las celdas del régimen. Con una extraña mueca que asemeja a media sonrisa, Wisam relata con todo lujo de detalles las horas, los pormenores de traslados a otras celdas, los nombres de los compañeros de cautiverio o los rasgos de sus guardianes. “Preso entre cuatro paredes, la mente es lo único que te queda. Un día pasé cinco horas observando una hormiga a la que hice caminar interminablemente por mis dedos, contando sus patas, analizando su fisionomía”, recuerda. Los guardianes eran relevados cada mes y medio para evitar que se crearan lazos con los reos. Consciente de que le aguardaba una muerte segura, Wisam y dos compañeros de cautividad huyeron una noche forzando una ventana de la celda. Caminaron sin descanso durante dos días con sus dos noches hasta llegar a un poblado seguro.
La supervivencia económica pasa a un segundo plano para decenas de miles de familias que consagran sus días a la búsqueda del ser querido que un día salió por la puerta para nunca más regresar. “En 2011 contabilizamos hasta 200.000 desaparecidos. Hoy las cifras se han reducido a unas 50.000”, apunta el jeque —autoridad religiosa— Nuwaf Abdelaziz que preside una oficina de reconciliación en Damasco.
Centenares de oficinas de reconciliación proliferan a lo largo y ancho del país recurriendo a personalidades locales de diferentes regiones y confesiones que hacen las veces de mediadores. Se trata principalmente de jeques y notables religiosos capaces de entablar contacto simultáneamente con los grupos rebeldes, las mafias organizadas de ambos bandos y oficiales del Ejército sirio. “Hay tres tipos de casos. Los secuestrados por motivos económicos, fáciles de resolver si la familia puede encajar el rescate. Los que han sido secuestrados para ser intercambiados por presos en las cárceles del gobierno. Si el reo que quieren intercambiar ha cometido delitos de sangre, no podemos hacer nada y el raptado es ejecutado. Por último, los casos más complicados son una mezcla entre delincuencia y ajuste de cuentas que casi siempre terminan mal”, apunta el jeque.
Nuwaf asegura que los comités de reconciliación también se encuentran en el lado rebelde. “A muchos desaparecidos los localizamos en las cárceles gubernamentales. Miembros de los comités civiles y simpatizantes del régimen los denunciaron como colaboracionistas tras secuestrarlos y no obtener dinero alguno por ellos, encarcelándolos más tarde como venganza”, asegura Nuwaf.
Al otro lado de la frontera, en la capital libanesa, Mohamed, de 31 años y dramaturgo de vocación lucha por llegar a final de mes con pequeños trabajos. “Era 2012 y estaba en la mezquita Omeya de Damasco cuando un grupo de jóvenes empezaron a vitorear consignas contra el régimen. La policía secreta y shabiha –mercenarios a sueldo del régimen- los arrestaron y con ellos a todos los jóvenes que estábamos allí”, relata Mohamed. Recuerda los 25 interminables días que pasó en una celda de cuatro metros cuadrados junto con otros 45 presos. “Me rompieron a golpes todos los dientes superiores, dos costillas y la nariz sin haber hecho nada”, añade. Nada más ser liberado empacó sus enseres cogió a su mujer, que ya se creía viuda, y salió del país para nunca más volver.
A pesar de que numerosos familiares insisten en la reconciliación como única salida al conflicto, la cruel y sangrienta guerra civil ha radicalizado a ambos bandos donde muchos anteponen hoy venganza a diálogo. “¿La verdad? Jamás podré perdonar a mis secuestradores. Si los viera, les pasaría por encima con un tanque”, admite Wisam. “No volveré a Siria mientras siga [Bachar el] Asad”, asegura por su parte Mohamed.

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