jueves, 4 de abril de 2019

La nueva Gran Estrategia de ‎Estados Unidos

Muchos piensan que Estados Unidos se mueve mucho pero sin lograr gran cosa. ‎Por ejemplo, que las guerras estadounidenses en el Gran Medio Oriente han sido una ‎cadena de fracasos. Pero Thierry Meyssan estima que Estados Unidos tiene una ‎estrategia militar, comercial y diplomática coherente. En función de sus propios ‎objetivos, esa estrategia militar avanza pacientemente y registra éxitos.‎

Los pensadores de la Gran Estrategia estadounidense: Donald Rumsfeld, secretario de Defensa ‎de la administración Bush Jr., y su consejero, el almirante Arthur Cebrowski; el presidente ‎Donald Trump y su secretario comercial Peter Navarro; y el secretario de Estado Mike Pompeo, ‎con su consejero Francis Fannon.‎ 


En Estados Unidos se suele creer que el país carece de una Gran Estrategia desde que se cerró la ‎guerra fría. ‎

Una Gran Estrategia es una visión del mundo que se trata de imponer y que todas las ‎administraciones deben respetar. En caso de derrota en un teatro de operaciones, esa estrategia ‎sigue aplicándose en otros hasta que acabe por triunfar. Al final de la Segunda Guerra Mundial, ‎Washington optó por seguir las directivas que el embajador George Keenan había trazado en su ‎célebre despacho diplomático. Se trataba de describir un supuesto expansionismo soviético para ‎justificar una política de «contención» (containment) frente a la Unión Soviética. El hecho es ‎que, después de haber perdido las guerras en Corea y Vietnam, Estados Unidos acabó ganando. ‎

No es frecuente que se logre concebir una Gran Estrategia, aunque estas han existido, como sucedió ‎en Francia, con Charles De Gaulle. ‎

A lo largo de los 18 últimos años, Washington ha logrado poco a poco fijarse nuevos objetivos y ‎nuevas tácticas para alcanzar esos objetivos. ‎

1991-2001 un periodo de desconcierto


En el momento de la desaparición de la Unión Soviética, el 25 de diciembre de 1991, ‎Estados Unidos, entonces bajo la administración de Bush padre, consideró que ya no tenía rival. ‎El presidente, victorioso por defecto, desmovilizó 1 millón de soldados e imaginó un mundo de ‎paz y prosperidad. Liberalizó las transferencias de capitales para que los capitalistas pudieran ‎enriquecerse y –como él creía– así enriquecer también a sus conciudadanos. ‎

Pero el capitalismo no es un proyecto político sino una forma de ganar dinero. Las grandes ‎empresas estadounidenses –no el Estado federal– se aliaron al Partido Comunista Chino (de ahí ‎el famoso «viaje al sur» de Deng Xiaoping). Esas grandes empresas estadounidenses ‎trasladaron a China las filiales de menor valor agregado que poseían en Occidente, y lo hicieron ‎simplemente porque los trabajadores chinos, con niveles de educación menos elevados, aceptaban ‎salarios 20 veces más bajos que en Occidente. Así se inició el largo proceso de ‎desindustrialización de Occidente. ‎

Para poder manejar con menos trabas sus negocios transnacionales, el Gran Capital trasladó sus ‎haberes a países donde encontraba menos obligaciones fiscales y descubrió así la posibilidad de ‎escapar a sus responsabilidades sociales. Esos países, cuya flexibilidad en materia de impuestos y ‎discreción son indispensables al comercio internacional, se vieron bruscamente implicados en ‎innumerables y gigantescas tramas de «optimización fiscal», una bonita formulación técnica para ‎lo que antiguamente se llamaba «defraudar el fisco», procedimiento con el cual lucraron ‎en silencio. Se abría así el reinado de la Finanza sobre la Economía. ‎

La estrategia militar


En 2001, Donald Rumsfeld, secretario de Defensa y miembro permanente del «Gobierno de ‎Continuidad», creó ‎una Oficina de Transformación de la Fuerza (Office of Force Transformation) que puso en manos ‎del almirante Arthur Cebrowski, quien ya había trabajado en la informatización de las fuerzas ‎armadas y se dedicó entonces a modificar la misión de dichas fuerzas. ‎

Sin la Unión Soviética, el mundo se había hecho unipolar, o sea ya no estaba gobernado por el ‎Consejo de Seguridad sino única y exclusivamente por Estados Unidos. Para mantener ‎su predominio, Estados Unidos se planteó dividir la humanidad en dos partes. De un lado ‎estarían los Estados considerados estables (los miembros del G8 –incluyendo Rusia– y los aliados). ‎Del otro lado quedaría el resto del mundo, convertido en un simple “tanque” de recursos ‎naturales. Washington ya no consideraba el acceso a esos recursos como algo vital para ‎sí mismo, pero estimaba que los Estados estables sólo debían tener acceso a los recursos ‎a través de Estados Unidos. Para imponer esa situación era necesario destruir previamente las ‎estructuras de los Estados en los países considerados “tanques” de recursos, de manera que ‎no pudiesen oponerse a la voluntad de la primera potencia mundial, ni prescindir de esta.‎

Esa es la estrategia que Washington ha estado aplicando. Comenzó por el Gran Medio Oriente o ‎Medio Oriente ampliado –con las guerras en Afganistán, Irak, Líbano, Libia, Siria y Yemen. A pesar ‎de los anuncios de la secretaria de Estado de la administración Obama, Hillary Clinton, sobre el ‎‎«Giro hacia Asia» (Pivot to Asia), el desarrollo militar de China impidió aplicarla en el Extremo ‎Oriente y ahora Washington apunta a la Cuenca del Caribe, arremetiendo inicialmente contra ‎Venezuela y Nicaragua. ‎

La estrategia diplomática


En 2012, el entonces presidente Barack Obama retomó el leitmotiv del Partido Republicano y ‎convirtió en prioridad nacional la explotación de los hidrocarburos (petróleo y gas) de esquistos ‎mediante el método de fracturación hidráulica. En unos años, Estados Unidos multiplicó sus ‎inversiones en ese sector y se convirtió en el primer productor mundial de hidrocarburos echando ‎así abajo los paradigmas de las relaciones internacionales. ‎

En 2018, Mike Pompeo, ex director de Sentry International, fabricante de maquinaria para la ‎industria del petróleo, se convirtió en director de la CIA y, posteriormente, en secretario de ‎Estado. Pompeo creó un Buró de Recursos Energéticos (Bureau of Energy Resources) que puso ‎bajo la dirección de Francis Fannon. Esta estructura era el equivalente diplomático de lo que fue la ‎Oficina de Transformación de la Fuerza en el Pentágono e instauró una política enteramente ‎enfocada a tomar el control del mercado mundial de los hidrocarburos. Para ello imaginó un nuevo tipo de alianzas como la llamada Región Indo-pacífica ‎Libre y Abierta (Free and Open Indo-Pacific). Ya no se trata de crear bloques militares, como los ‎QADS, sino de organizar alianzas alrededor de objetivos de crecimiento económico basados en la ‎garantía del acceso a fuentes de energía. ‎

Ese concepto encaja en la estrategia Rumsfeld/Cebrowski. Ya no se trata de apropiarse los ‎hidrocarburos del resto del mundo, hidrocarburos que Washington ya no necesita, sino de ‎determinar quién tendrá acceso a ellos para poder desarrollarse y quién no. Esto es una ruptura ‎total con la doctrina del agotamiento del petróleo que la familia Rockefeller y el Club de Roma ‎promovieron desde los años 1960, doctrina retomada después por el Grupo de Desarrollo de la ‎Política Energética Nacional (National Energy Policy Development Group) del vicepresidente ‎estadounidense Dick Cheney. Estados Unidos estima ahora que no sólo no se ha producido la ‎temida desaparición del petróleo sino que además, a pesar del drástico aumento de la demanda, ‎la humanidad cuenta con hidrocarburos suficientes para al menos un siglo. ‎

En este momento, bajo pretextos tan numerosos como variados, Pompeo acaba de bloquear el ‎acceso de Irán al mercado mundial de hidrocarburos, está haciendo lo mismo con Venezuela y, ‎para completar el cierre, Estados Unidos va a mantener tropas en el este de Siria para impedir ‎que ese país pueda explotar los yacimientos existentes en esa parte de su territorio‎. ‎Simultáneamente, Pompeo ejerce la mayor presión sobre la Unión Europea para que esta renuncie ‎al gasoducto ruso Nord Stream 2 y también sobre Turquía, para que renuncie al Turkish Stream.‎

La estrategia comercial


En 2017, el presidente Donald Trump trata de que regrese a Estados Unidos al menos una parte ‎de los empleos que las empresas estadounidenses habían transferido a Asia y a la Unión Europea. ‎Basándose en los consejos del economista de izquierda Peter Navarro, Trump puso fin a la Asociación Transpacífica y renegoció el Tratado ‎de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN, llamado en inglés NAFTA y en francés ALENA). ‎Al mismo tiempo instauró derechos de aduana prohibitivos para la importación de automóviles ‎alemanes y la mayoría de los productos chinos y completó todo lo anterior con una reforma fiscal ‎que estimula la repatriación de los capitales estadounidenses. Esa política ya ha permitido ‎mejorar la balanza comercial y reactivar el empleo. ‎

En otras palabras, ya está montado el dispositivo completo en los sectores económico, ‎diplomático y militar, vinculados todos entre sí y cada uno con sus instrucciones precisas. ‎

La principal ventaja de esta nueva Gran Estrategia es que las élites del resto del mundo siguen ‎sin haberla entendido. Washington todavía tiene a su favor el factor sorpresa, acentuado ‎además por el sistema de relaciones públicas deliberadamente caótico de Donald Trump. Pero ‎si observamos los hechos –en vez de dejarnos distraer por los tweets presidenciales–, podemos ‎comprobar que Estados Unidos ha logrado avances después del periodo incierto de los ‎presidentes Clinton y Obama. ‎


Thierry Meyssan

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